COSAS DE VIEJOS
COSAS DE VIEJOS
¿Cómo será la mirada de la muerte? Se preguntaba Rogelio, mientras miraba el trozo de bife que estaba por comer.
Conocía las vacas de lejos, desde la ruta. Los veranos iba toda la familia a la playa en una Falcon rural. La parte de atrás iba llena de bolsos, reposeras para todos, una sombrilla y la conservadora con sándwiches y gaseosas. Le encantaba el viaje a la playa, y lo hacían de un tirón mientras charlaban y tomaban mate.
Cuando falleció su esposa ya no fueron posibles los viajes, trabajar y cuidar niños era trabajo de tiempo completo.
¿Todo para qué? Para ser enterrado vivo, en un asilo lleno de zombies. Le dijeron que ya estaba senil y cansado. Con la ayuda de un abogado lo declararon incapacitado, autorizando así a sus hijos a la administración de sus bienes.
Tardaron poco en vender todo y meterlo al asilo, al menos el lugar no estaba tan mal.
Los veía una vez al año, en la acostumbrada visita corta para hablar del clima y lo bien que les iba. Rogelio los observaba fingiendo que prestaba atención, solo imaginaba todas las cosas que podría haber hecho con su esposa si no los hubieran tenido, plata tirada decía.
Con todo el tiempo del mundo para pensar, la lista de preguntas era larga. Repasemos: 1. ¿Cómo será la mirada de la muerte?, 2. ¿Todo para qué? 3. ¿Y si no hubiera tenido hijos?, 4. ¿Ya no hay nada mas que esperar el final?
Doña Iris, de noventa y ocho estaba sentada a su lado a la mesa, se estaba poniendo morada, un trozo de carne no la dejaba respirar, se puso la máscara de oxigeno desesperada pero no sirvió de nada.
La máscara se llenaba de saliva y los ojos se le salían. Sin pensarlo Rogelio se levantó y de una patada desconectó la manguera. Después se dirigió a su sillón preferido a observar.
Mientras Doña Iris se escurría lentamente de su silla de ruedas, como una muñeca de trapo y terminaba bajo la mesa, el sentía cómo la euforia le subía desde la boca del estómago.
Nadie se dio cuenta. Los enfermeros estaban ocupados sirviendo el almuerzo, y después de un largo rato uno de ellos notó la silla vacía. Ocultaron todo porque no podían explicar tal descuido, además, los viejos se mueren.
Rogelio se durmió con una sonrisa, había visto a la muerte, afortunadamente, de otra persona.
Faltaban dos meses para fin de año, ya se sentía el calor. Así que empezaban las actividades al aire libre en el hogar. Jardinería le gustaba y un poco las bochas, pero odiaba aquagym, decía que parecían las focas de Mundo Marino.
Se había apropiado de una banca del jardín donde pasaba las mañanas mirando la vida pasar, mate de por medio, y las tardes con su vaso térmico de café. La ubicación era perfecta, se veía la casa, la huerta y estaba de camino a la piscina.
En eso estaba muy entretenido cuando escuchó el zumbido de Don Carlos, que, como todos, estaba un poco sordo y hablaba a los gritos. El bullicio que provocaba su voz y su silla eléctrica última generación era inconfundible, resonando por todo el jardín y haciendo que las conversaciones de los demás se interrumpieran por momentos. Rogelio, acostumbrado ya a esa particularidad de su compañero, sonrió para sí mismo, reconociendo que, en aquel lugar, cada uno tenía su manera especial de hacerse notar. Don Carlos no era la excepción: su energía y su potente voz llenaban el ambiente y, pese a todo, contribuían al peculiar ritmo cotidiano de la residencia.
― ¡Hola Rogelio, qué hermosa mañana―
― Si, si―contestó por compromiso.
Mientras lo veía irse, sintió mariposas en el estómago. Ernesto lo detectó al instante y le preguntó que pensaba.
―Creo que mientras todos duermen la siesta, voy a practicar un poco de electrónica. ―Ernesto sonrió y asintió levemente.
Eso hizo. Cuando todos dormían sedados la siesta, Rogelio, que había fingido tomar su pastilla, inició su travesura.
Se sacó las pantuflas Adidas, que sus hijos le regalaron para los 88, y se metió sigilosamente en la habitación de Don Carlos. La súper silla de ruedas se estaba cargando. Rogelio cambió cables, desenchufó otros, y salió.
Volvió a su banco del jardín, lo ocupaba sólo él. Nadie osaba sentarse ahí para no provocar su mal genio. Al único que le permitía acompañarlo era a Ernesto. Tenía que esperar al menos una hora a que todos resucitaran de la siesta y retomaran las actividades, antes de la media tarde.
A la hora exacta escuchó a Don Carlos acercarse, pero apenas lo saludó, pasó de largo, sólo dijo:
― ¡Hola, Rogelio, qué hermos..! ― y sin frenar fue a parar a la piscina. Rogelio disimuló la risa con un ataque de tos. Cuando los enfermeros se dieron cuenta, poco pudieron hacer.
Ocultaron todo porque no podían explicar tal descuido, además, los viejos se mueren.
Observó todo el revuelo desde su banca, no fue fácil sacar al viejo enredado en la silla. Se sintió bien, poderoso. Ya tenía dos en su lista, pero había sido fácil. No sospechaban de él ni de nadie.
Comentó esto con Ernesto, le dijo que lo haría una última vez, pero más elaborado, más elegante.
No eran muchos los residentes, la cuenta había bajado a diez. Así que Rogelio se tomó muy en serio su nueva ocupación y se puso a estudiar las posibilidades. Pensó también que, darle una simetría lo haría mas interesante.
La primera fue Iris, el segundo Rafael, entonces correspondía mujer. Por suerte siempre hay mas viejas que viejos, no solo en los asilos, también en las consultas médicas, en los hospitales, en las iglesias. Estaban siete a tres, era demasiado.
Estuvo observando varios días y descartó a las más visitadas, eso dejaba a dos candidatas: Nilda y Marta.
¿Quién sería la afortunada? Tomó una libreta, una birome, revisó el bolsillo de la camisa para ver si tenía los anteojos y se fue a su banca a pensar.
Ernesto leyó detenidamente la lista.
―No se te escapó nada Roge, Marta es difícil ¿Cómo lo harías?
― Me inclino a la diabetes, ¿Qué pasaría si aumentamos la dosis o la anulamos?, hay que investigar mi amigo.
― ¿Qué has recolectado hasta ahora? ― Preguntó Ernesto
―Tengo una gran colección Ernes―respondió Rogelio divertido y orgulloso― Los sedantes que no tomo, corticoides, broncodilatadores y clonazepam de Iris, aspirinas y anticoagulantes de Rafael y una botella de whisky ordinario que le robé al enfermero. Es intomable, pero de algo va a servir.
Se quedaron en silencio, Rogelio sacó su celular y puso música: tocata y fuga en D menor por Vanessa-Mae. Amaba esa intérprete y le daba a sus pensamientos el marco perfecto.
Cenó en silencio y desayunó en silencio. El enfermero del whisky, Mario, se acercó extrañado por su comportamiento.
― ¿Qué le pasa Rogelio, se siente bien? Usted está raro.
― ¿Raro yo? Ese veneno que tomas te está arruinando el cerebro. Tengo mucho en que pensar, no molestes.
Mario se alejó sorprendido, la actitud de Rogelio le pareció un poco agresiva, más de lo habitual. Consultó al médico del asilo que lo tranquilizó diciendo:
― Cosa de viejos.
Mientras tomaba su café de la tarde una idea le iluminó la cara.
― ¡Ya sé lo que tengo que hacer, está muy claro!
― ¿Queee? ―Se burló Ernesto― Contame genio.
― Simple: yo de diabetes no se nada, pero tengo algunas dosis que le sobraron a Rafael―dijo poniendo cara de tristeza falsa― Hay que ponérselas a Marta para ver qué pasa. Sí, soy un genio.
Comenzó su tarea a eso de las tres de la mañana, todos drogados dormían como hippies después de una fiesta. Entró al cuarto de Marta, roncaba tan fuerte que no se despertaría de ninguna manera con su presencia, aunque le bailara un malambo. Le inyectó la primera dosis en la panza y se fue.
Decidió que seria interesante registrar en su libreta la evolución de Marta, pero en un tono encriptado, llegado el momento no se las pondría fácil.
Anotó lo siguiente: “El sujeto se levantó a la hora habitual, pero devoró tostadas y medialunas, se las tuvieron que quitar”. La siguió durante todo el día y no notó nada más. Le puso otra dosis la noche siguiente pero no pasó nada.
― Esto me aburre Ernes. Voy a aumentar la dosis.
― ¿Te parece? Creo que es mucho, pero puede ser divertido―Contestó Ernesto sin inmutarse.
Esta vez la aplicación de la doble dosis fue a las dos de la mañana, pensó que así reaccionaría más temprano.
“El sujeto se levantó más temprano. Se tropezó con las sillas. Desayunó normalmente. después comenzó a gritar cosas irreproducibles, a insultar a todos y lloró.”
Rogelio eufórico salió rápido del comedor hacia el jardín, casi no podía disimular su satisfacción. En el camino se chocó con Mario que llevaba una bandeja con factura y pastillas, la bandeja fue a dar al piso dejando un enchastre multicolor de dulce de leche, crema pastelera y cápsulas.
Se dejó caer en la banca y se llevó las manos a la cara, ocultando su expresión.
― ¿Rogelio, estás bien?
― ¡Más que bien, soy un artista! Estoy pintando una obra de arte sobre la agonía, la locura y la muerte, soy Goya mi amigo.
― ¿Ahora que hacemos?
― Nada más que observar. Mario sospecha algo, me hace preguntas y ahora me mira desde la galería―dijo Rogelio en voz baja y torciendo la boca para que nadie se diera cuenta.
Marta murió cerca del mediodía entre llantos y gritos. Su muerte causó una demora en el almuerzo de todos que no pudieron disimular su molestia y hambre. Sólo Nilda lamentó la “partida de su amiga a Francia”, no quisieron decirle la verdad porque no la sabían. No podían explicar esta muerte, además, los viejos se mueren.
Mario pensaba eso: los viejos se mueren, y no le importaba mucho, pero había algo que lo incomodaba, algo que no lograba identificar.
Esa noche le tocaba guardia y, como siempre, lo acompañaría su botella de whisky y un vaso con hielo. Se acomodó en la silla giratoria de la recepción, y puso con cuidado a sus acompañantes en el estante bajo el escritorio para empezar la vigilia.
Comenzó a repasar en su cabeza cada muerte de ese último mes.
― Los viejos se mueren ―pensaba― ¿Pero tan seguido?, esto parece una epidemia y a este paso nos quedaremos sin clientes, y si se me siguen muriendo me van a echar. ―Le dio un largo trago al vaso, revolvió el hielo con sus dedos, leyó la lista de los pocos que quedaban en el asilo.
Todo se le vino encima.
―!Rogelio¡―Se levantó de un salto y entró a la habitación de Rogelio sin golpear. Encendió la luz despertando al sorprendido viejo
―!Viejo maldito, vos, vos... ¡―pero empezó a tartamudear, se dio cuenta que no sabía qué decirle, nadie le creería. ― Vos sabés… y yo lo sé.
― ¿Qué te pasa? Desde acá huelo el solvente que tomás―Mario se quedó mirándolo fijo unos instantes sin saber qué más decir. Cerró de un portazo y se fue.
Nunca se imaginó lo que había desatado, nada más y nada menos que la creatividad de Rogelio, que se quedó el resto de la noche pensando como eliminar el cabo suelto.
A la mañana siguiente fue el primero en desayunar y se fue al jardín con el mate. Se acomodó en su banca disfrutando del aire fresco, cortó unas hojitas de menta y las agregó a la yerba.
― Estás muy callado hoy, ¿te preocupa Mario?
― Un poco, creo que se ha dado cuenta de todo, pero no puede explicarlo. Me parece, Ernesto, que Mario está por renunciar… involutariamente.
― Y vos lo vas a ayudar, no me digas, no me digas, ya sé: unas gotitas del clonazepam de Iris.
― Me leíste la mente, esta tarde mientras hacen la cena le preparo la bromita.
Así fue.
Rogelio busco la botella de whisky que le había robado antes a Mario, y le vació el envase de clonazepam, después fue al escritorio de la recepción e intercambió botellas. De allí pasó por la enfermería a buscar algunas cosas.
Después de cenar se fue a dormir, como todas las noches. Pero no durmió, cuando casi todas las luces se apagaron tomó la bolsa plástica con las cosas de enfermería y el balde del baño.
Esperó en el comedor a oscuras a que llegara el momento. Desde la penumbra observaba inquieto a Mario, celebrando en silencio cada trago que tomaba.
Intuyó que había llegado el momento cuando el vaso vacío de Mario se deslizó de sus dedos al piso.
Estaba dormido, con la cabeza hacia atrás y los brazos colgando. Ernesto comenzó su trabajo.
Primero lo ató con las gomitas de sacar sangre, por si se despertaba. Sacó de la bolsa otra gomita y se la puso en el brazo. Le ensartó una aguja de extracción en la vena y lo dejó goteando en el balde.
Mario intentó abrir los ojos, murmuró algo, pero Rogelio lo calló.
―shhh, los viejos se mueren, todos se mueren.
En menos de diez minutos el balde de cinco litros estaba lleno. Rápidamente limpió un poco de sangre que se había volcado y acomodó a Mario de tal forma que parecía que se había dormido sobre el escritorio.
Esa mañana no hubo desayuno, solo gritos de enfermeras. Más tarde sonaron las sirenas de la ambulancia y la de la policía.
Rogelio con actitud de no darse cuenta de nada, se preparó el mate y se fue al jardín.
―Trabajaste mucho anoche, Rogelio, ¿fuiste prolijo?
―Claro que sí amigo mío, usé guantes y el balde lo lavé bien con lavandina, estos no saben que nos dejan todos los elementos que necesitamos a la mano. ―Rieron como chicos que se escaparon de la escuela para ir a jugar a una plaza.
Lo que Rogelio no sabía es que la única cámara de seguridad de todo el asilo estaba en la recepción. Fue muy simple para la policía identificar al culpable.
El oficial a cargo preguntó donde estaba Rogelio. La enfermera lo condujo hasta la puerta que daba al jardín y se lo señaló.
―Es aquel, el que está sentado en la banca, solo, y muerto de risa.
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