DESCANSO EN LAS MONTAÑAS


Agotada. Los ruidos de la ciudad, los vecinos inoportunos. La habían echado del trabajo y con la indemnización decidió que lo mejor sería tomar distancia un tiempo de todo. Se fue sin decirle a nadie, solo a una persona, su amiga Gabriela que le prestó una casa en la montaña. Nadie había querido volver desde la muerte de los abuelos.
La casa se veía mejor en las fotografías, necesitaba reparaciones. En el piso de la galería había maderas quebradas, faltaban tejas en el techo y a una de las ventanas laterales le faltaba el vidrio, pero prefirieron tapiarla con madera. Entró por la gruesa puerta de cedro con una mirilla de bronce medio descolgada.
Destapó los muebles que ocuparía, todo es muy viejo pero el sol de la tarde le daba una calidez especial.
El ventanal que da al oeste tiene un hogar hecho en piedra, el piso de madera en esa parte está ennegrecido por tantas fogatas encendidas y brasas que se escaparon y lo quemaron. Ahora estaba protegido con una especie de pantalla de hierro con tejido metálico para que eso no volviera a pasar y evitar alguna fatalidad.
Encendió la chimenea, fué a la cocina. En la alacena de puertas de vidrio había una variedad de copas y vasos. Como en cualquier casa de fin de semana allí se va llevando lo que ya no usas, así que había dos de un juego, tres de otro, una de otro. Tomó una grande, sacó una de las botellas del canasto de mimbre que había traído. La destapó y la dejó respirar un momento.
Se zambulló en el sofá, copa en mano, dispuesta a disfrutar del atardecer y el fuego. ¿Qué más podía pedir?
 No podía dejar de mirar el fuego, es hipnótico, el aroma de la madera, el crepitar, los colores y el movimiento azaroso de las llamas la indujeron a una relajación similar a un trance. Probablemente el vino también ayudó un poco.
   Un golpe en la puerta la sacó del letargo, un solo golpe, fuerte y duro. El sobresalto fue tal que se le cayó la copa, llenando el piso de vino y vidrios. Al golpe lo siguió un grito esforzado "abrime”, sonaba a pedido de socorro, a desesperación y a la vez se escuchaban rasguños en la puerta.
Se hundió lo más que pudo en el sofá, después de un rato de silencio se calmó. Claro que pensó que era su imaginación, nadie sabía, salvo su amiga, que estaba allí.
Ya recuperada del susto, se levantó para ir a buscar algo para limpiar y más vino, pero en vaso plástico.
No tuvo tiempo.
−¡Abrime, por favor, abrime! −otra vez, esa voz desgarrada pero ahora sonaba más bien enojada y dos golpes.
              Tomó el palo de amasar de la cocina y fué hacia la puerta, observó por la mirilla, nadie, miró por la ventana lateral sana, nada. En la otra, la que estaba tapiada, apenas si se colaba un soplo helado... pero no podía ver bien.
 Puso la cadena en la puerta y la abrió con cuidado. Un par de huellas marcadas con barro en la entrada, extraño, muy extraño, no había llovido, lo más extraño es que no había más huellas.
− ¿cómo llegó? ¿cómo se fue? −Cerró de un portazo y se quedó contra la puerta abrazando el palo.
               Una vez que recuperó el aliento, recordó la copa rota y el vino derramado. Entonces volvió a la cocina a buscar algo para recoger y limpiar mientras intentaba procesar todo. Caminó los cuatro pasos que había entre la zona de desastre y la cocina.
Pero no pudo seguir, no se podía mover. Abrazó con fuerza la escoba y los latidos se podían escuchar en toda la casa. La copa, la copa que se había caído, la copa de vino había vuelto a su sitio, sana. Su contenido ondulaba y centelleaba con las llamas que lo atravesaban. Parecía burlarse de ella y su desconcierto.
−¡Me voy, esto no puede estar pasando! − Tomó sus cosas, salió intentando ignorar las huellas y todo lo que había pasado. Se detuvo en seco en el umbral de la puerta, el aire helado le cortaba la piel. La oscuridad ya había cubierto la montaña, y el miedo a lo desconocido acechaba más allá de la seguridad de la casa.
A lo lejos se escuchaban ruidos, o voces, mezclados con ladridos y aves nocturnas. Prefirió entrar.
Decidida a enfrentar la noche, revisó cada ventana y puerta, asegurándose de que estuvieran firmemente cerradas. Subió las escaleras despacio, casi todos los escalones crujían, cerró con llave las tres habitaciones de arriba, y se guardó las llaves en el bolsillo. No dormiría sola allí. El sofá del salón, frente al ahora inquietante hogar a leña, sería su refugio. La luz de las brasas serían una compañía segura en la vigilia.
Agregó más leña, no quería que el fuego se apagara, encendió todas las luces dentro y fuera de la casa. No todas las luces funcionaban. Tenía que llamar a Gabriela,
Respiró hondo, la mano le temblaba aferrada al teléfono. ¿Cómo le explicaría a Gabriela lo que acababa de vivir? ¿Cómo describiría una copa que se rompe y se repara sola, o un grito fantasmal seguido de huellas que aparecen y desaparecen? La incredulidad en su voz era algo que no quería escuchar en ese momento.
Decidida a tener una prueba, fue a la puerta. Pensó en fotografiar las huellas, y los rasguños, única evidencia tangible de lo sucedido. Abrió con cautela. Las huellas de barro seguían allí, tan claras como antes, y en la puerta marca de manos estampadas en sangre, que se habrían lastimado al intentar abrir desesperadamente.
El aire se le escapó totalmente de los pulmones intentando un grito que no salió. Quedó paralizada, observando la nueva y espeluznante adición a la escena. La quietud de la montaña, que antes era un consuelo, ahora parecía albergar algo mucho más oscuro y desconocido.
Tomó varias fotografías y filmó los alrededores, el frío endurecía sus manos. Cerró con llave, cadena y una tranca de madera que estaba ahí. Se atrincheró en el sofá, sin soltar el atizador.
Trató de dormir y convencerse de que todo era irreal.
Apenas había cerrado los ojos, cuando un ruido la despertó, una tabla crujió sobre su cabeza, ¿era la viga o el piso de la habitación que estaba justo encima? Crujió otra vez, Cayó polvo en el sofá y en el piso. Estaba segura de que no había nadie cuando cerró.
Revisó bolsillo, allí seguían las tres llaves, volvió a crujir, ¡no sabía qué hacer! Faltaban muchas horas para que amaneciera y poder salir de ahí, además hacía mucho frío para dormir en el auto.
Fue a la cocina, tomó un sorbo de vino de la botella, y subió con el atizador en la mano y se colgó el teléfono, filmaría todo, de otra forma nadie le creería. Sería espectacular para un podcast de urbex si descubría algo.
Trató de no hacer ruido con la llave y abrió de golpe para asustar a quien se hubiera metido.
Todo estaba cambiado. La ventana abierta, la luna llena empezaba a iluminar el Aconcagua, una vista asombrosa y espeluznante en ese momento. Ya no estaban los muebles tapados con sábanas, había un catre desvencijado y alguien acostado en él. Le temblaban las piernas y los dientes. Entró una ráfaga de viento muy fuerte, levantó al que estaba acostado, lo sostuvo un momento en el aire y salió por la puerta, pasando encima de su cabeza transformado en ceniza. Olía a humo e incienso.
Cerró lo más rápido que pudo y bajó corriendo las escaleras directo a la chimenea, temblaba, no sabía si de frío o de miedo. Ese espacio de la casa se había convertido en el lugar seguro. Se acurrucó en el sillón, abrazando las rodillas. Con los ojos apretados no dejaba de mecerse repitiendo:
−esto no está pasando… esto no está pasando… −.
Se secó los ojos con la manga del suéter, todavía temblando se puso de pie, se iría de todas maneras.
Recorrió con la mirada, el polvo que había caído, con la cámara del celular iluminó mientras seguía filmando, y ahí.. un par de huellas se dibujaron frente al sillón.
Las piernas se le aflojaron y cayó hacia atrás directo a la chimenea. Las manos se hundieron en las brasas incandescentes y gritó de dolor. ¿gritó de dolor? No se había quemado, el fuego estaba frío, sí frío.
− ¡Por Dios!, ¡cuándo va a parar todo esto? ¡ basta por favor! −gritó corriendo hacia la puerta−.
Intentó abrir y no pudo, sacó la tranca y la cadena. La puerta no abrió.
−No puedes escapar, nadie te va a salvar esta vez−
Fabiola se dio vuelta muy despacio, porque en realidad no quería comprobar que sí había alguien allí. Y lo había, era un cuerpo de sombra y humo en constante movimiento, estaba sentado en el sillón y se dirigió hacia ella.
− ¡Se terminó Mirta! −el grito resonó en toda la casa y se perdió como eco en la montaña− A mí nadie me falta el respeto−.
 Se apagaron todas las luces, el silencio era tal que oía sus propios latidos.
 Una luz se encendió al final de la escalera y sonó un portazo. La voz de una mujer rogando que la escucharan, casi tapada por la del hombre que la insultaba porque había sido infiel. Todo se detuvo y se oscureció otra vez. Fabiola se había escondido bajo las escaleras, un viento helado, el humo y las cenizas la atravesaron.
 Las voces continuaron en la cocina, la luz que se encendió allí no era más fuerte que una vela.
−Nunca te fui infiel Roque, es tu imaginación −se escuchó claramente el sonido de una bofetada y un cuerpo que se desplomaba−. Oscuridad y silencio.
 La puerta de entrada se abrió golpeando la pared. Desde su escondite Fabiola pudo ver como una sombra arrastraba a la otra. Cuando pasaron al lado del espejo de la entrada distinguió claramente a un hombre arrastrando a una mujer desvanecida hacia afuera, y la lanzaba a la oscuridad en camisón. Tal vez habría sido un buen momento para correr pero la puerta se cerró de nuevo.
−¡Abrime por favor, abrime! −era la voz que había escuchado antes− Algo la tomó por el cabello y la arrastró, pero no se veía nada, sólo sentía el dolor. Esa aparición la tiró con fuerza contra el piso.
−¡Te dije que nadie me falta el respeto! −
Todo se apagó nuevamente, el resplandor de las brasas cortaba la oscuridad. Fabiola recobró la conciencia recostada en el sillón, no sabía cómo había llegado ahí. Tenía un corte sobre la ceja y otro en la cabeza, sangraba mucho.
Una luz se encendió en la cocina, ruido de utensilios chocando entre sí, como si alguien empezara a cocinar. No quiso moverse, no tenía fuerzas y el miedo la hundía en el sofá. La tormenta estaba por comenzar.
−¿Me quieres matar?¡ Mujer inútil! -platos, vasos, ollas se estrellaban en el piso y en las paredes. Una mujer gritaba de dolor hasta que dejó de gritar. La oscuridad volvió a tragarse todo.
Silencio y oscuridad, llantos. Por la ventana tapiada entró una brisa helada que erizó los vellos de los brazos. La brisa era cada vez más fuerte, empujando objetos, derribándolos. En cada espejo, en cada ventana, en los vidrios de los cuadros se repetían escenas de violencia, hasta que todas proyectaron lo mismo, el hombre mayor le pegaba con el puño a la mujer en la cabeza, ella caía lentamente al piso como una pluma… pero sin vida.
El pavor y la pérdida de sangre causaron en Fabiola confusión y desorientación, no podía procesar lo que estaba pasando, se sentía desvanecer. Se arrastró como pudo intentando llegar a la puerta, pero una presión en la espalda la sujetó al piso. Apenas podía ver entre la sangre y el cabello.
Entonces lo escuchó, ronco, furioso:
−te lo dije Mirta, nadie me falta el respeto, ¡maldita perra! −Levantó su pié de la espalda de Fabiola y lo dejó caer en su nuca. Sólo hubo un débil gemido y el crujir de huesos que se confundió con la tormenta.
Al amanecer, el sol salió tímido, secando los restos de la tormenta de la noche anterior.
Gabriela subió el último tramo hacia la casa en su auto, estacionó junto al de Fabiola. Varias ramas cubrían el techo del vehículo.
−El auto está,…no se fue. −pensó aliviada y sonrió para sí−Qué bien la debe estar pasando, que ni contesta el teléfono. –
Puso la llave, la giró, abrió unos pocos centímetros y se trabó, algo había tras la puerta. Empujó con fuerza.
Cuando logró abrir Gabriela se petrificó, un grito ahogado le quebró la garganta, rompió en llanto, era el cuerpo de su amiga, frio y cubierto de sangre. En una de sus manos aún aferraba con fuerza el celular.
De rodillas al lado de Fabiola, le arrancó el teléfono de sus dedos rígidos. La pantalla parpadeaba, tenía un cinco por ciento de batería. El video seguía grabando. La imagen temblorosa mostró destellos de una cocina destrozada, sombras que se movían, voces que parecían venir de otro tiempo. Y, de pronto, se hizo nítido: los abuelos de Fabiola, atrapados en una eterna repetición de violencia.
Antes de que el teléfono se apagara, la figura del anciano llenó la pantalla. Su mirada fija atravesó el cristal, como si supiera que alguien más estaba mirando.
La batería murió. La casa volvió a quedar en silencio.




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