EL MATE ESTA FRIO


 

 


Ella se levantó esa mañana, como todas las mañanas durante los últimos 20 años. Preparó el mate como todos los días durante los últimos 20 años. Levantó la ropa sucia del piso del baño, colgó las toallas, secó el espejo, como siempre, pero esta vez el espejo le devolvió otra cara, y casi sin esfuerzo una sonrisa.

Fue raro, había pasado tiempo de su última sonrisa, sintió un leve temblor en sus labios con ese gesto nuevo, así que abrió ese cajoncito del vanitory, donde todavía quedaba un rímel que levantó sus pestañas, el delineador que le dio más vida a su nostálgica mirada, y con un toque de rosa iluminó sus labios, endulzando su sonrisa y despertando una sensibilidad que había olvidado.

Algo cambió, tuvo ganas de arreglarse, no le importó escuchar una vez más que su aspecto no tenía arreglo. Quién era esta persona que ya no tenía ni un solo comentario agradable. Quién era esta persona que discutía con la radio en la otra habitación por un partido de futbol del día anterior, e insultaba a los relatores opinólogos y a las hinchadas enardecidas que alentaban a sus equipos.

Esa mañana era igual que todas, pero distinta.

La primavera había empezado, mientras afuera todo era aromas y colores, adentro era una vieja película en blanco y negro, con un orden, una prolijidad y una monotonía que la ahogaban.

Sintió que la cadena que la ataba a esa casa, a esa vida, se caía rota en mil pedazos. De algún lado salió una fuerza, una ansiedad incontenible, quería el color, quería los aromas, quería la luz, quería gritar, ¡quería correr!

Estaba en esos pensamientos cuando de lejos escuchó un grito que no logró detener su corazón acelerado por la emoción:

― ¡este mate está frío! ― ¿En serio que el mate está frío, en serio? Murmuró―

― Ya te caliento el agua, y mientras te vestís, voy a comprar unas facturas para el desayuno. ― contestó con voz fuerte pero amable y tranquila.

Abrió el gas de las cuatro hornallas y del horno de la cocina blanca que había comprado hace años con tanta ilusión. Abrió el gas, tal vez para calentar el agua y el horno para las facturas.

Tomó su cartera negra de correa larga y se la colgó del hombro, tomó sus pertenencias, su teléfono, cargador, dejó las llaves y partió, partió caminando tranquila.

Se soltó el pelo y sintió como la brisa de la mañana le movía el cabello. El sol jugueteaba entre las hojas de los árboles donde varios horneros terminaban sus obras arquitectónicas.

Inspiró profundamente el aroma de las primeras glicinas de suave color violeta que le recordaba una acuarela que había pintado su madre en la mesa del comedor mientras le contaba cuentos. Sintió como el aire se transformaba en libertad, en oxígeno para su vida. Se rió con ganas cuando el agua del riego de su vecino le mojó las piernas.

Siguió caminando por la vereda disfrutando a cada paso. Ella sabía que, en pocos minutos, su libertad iba a ser definitiva, cuando él encendiera cerca de la cocina su primer cigarrillo del día.






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