LA LEYENDA DE LAS RODANTERAS

LA LEYENDA DE LAS RODANTERAS


En la plaza del barrio, los chicos nunca preguntan nombres. 
Una pelota basta. Rebota en el suelo, alguien la patea, y ya son equipo. No importa si se llama Juan o Pedro, si trae zapatillas nuevas o gastadas: mientras dure el juego, todos son amigos. 

Las rodanteras argentinas son asi, pero en grande. 
Mujeres con caminos distintos, mochilas llenas de historias, cicatrices y sueños. Algunas viajan en motorhome, otras en camper, otras en una casilla vieja tirada por un auto cansado. No importa el vehículo: lo que importa es el viaje, el camino.

Cuando se cruzan en la ruta, en un camping polvoriento o al pie de la montaña, pasa lo mismo que en la plaza: la pelota ya está en juego. 
Porque lo que las une no son los nombres ni las marcas, sino algo más profundo: el valor de ser mujer, el coraje de salir adelante sin pedir permiso, y la fuerza de cumplir un sueño aunque falte plata, tiempo o compañía. 

Dicen que donde se encuentran dos rodanteras, hay dos amigas. 
Dicen que alcanza con una olla, unas verduras y varias manos amigas para que nazca un guiso espectacular, capaz de espantar la soledad y de encender la risa, como ritual milenario.
Dicen que las fogatas suenan distinto cuando ellas cantan. 

Así, en cada cruce de caminos, se va tejiendo una leyenda. 
La de las mujeres que no necesitaron más que un volante y cuatro ruedas para ser libres. 
La de las que descubrieron que la amistad no se pregunta, se comparte. 
La de las que encontraron en la ruta no solo paisajes, sino hermanas. 

Y así nació la leyenda de las rutas: 
el de las mujeres valientes que, con una olla, un sueño y la fuerza de la amistad, siguen viajando eternas sobre el horizonte. 


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