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CASA 48

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CASA 48. Verónica es una cuarentona soltera. Sin familia. Vinieron a vivir a Mendoza hace muchos años y sus padres eran de esa gente que termina alejándose de la familia “si no me llaman, no llamo”, decían. Como esta frase muchas más de calidez familiar, por lo que se quedaron los tres solos, en una gran casa en un barrio privado.  Después que murieron sus padres no tenía donde ir ni qué hacer y se quedó ahí, en la casa cuarenta y ocho. Tres amables golpes en la puerta: ¡Señorita Verónica! Sergio, de la entrada―se anunció el chico de seguridad. Como era el nuevo, lo enviaron a la casa a entregar un paquete, nadie quería ir a la casa de Verónica. ―Déjelo en la puerta y váyase ―gritó desde atrás de la puerta. Sergio hizo caso y se alejó, pero no mucho, quería ver quién era esa bruja que nadie quería ir a ver.  Para su sorpresa, no vestía de negro, ni tenía una verruga en la nariz o la piel verde. Estaba en pijama con capucha y pantuflas, de lejos no parecía...

Clara de Shalott

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      En la habitación siete de la elegante clínica, vivía Clara. Era una reclusa por la fragilidad de su propia vida: una inmunodeficiencia severa la mantenía confinada tras la barrera translúcida de su "burbuja". Para el mundo exterior, era la "niña burbuja", pero para ella, era su universo y a veces imaginaba que era una princesa encerrada. Allí, en el murmullo de los monitores y la constante brisa de los filtros de aire, Clara crecía. Su mente era un jardín sin límites: en su notebook devoraba libros, exploraba mundos, aprendía idiomas y recorría museos. Tenía amigos en línea que nunca la habían visto, y sabía más del exterior que muchos de los que pisaban sus calles.     Llevaba el cabello corto, con rulos, más de una vez su madre le dijo en broma que tenía en su cabeza un nido de catas rojizo. Tenía 17 años y no era muy alta, tal vez por su condición. No era difícil notar entre los rulos el brillo inquieto de sus ojos, o contagiarse de su risa ruidosa...

EL CLUB

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  EL CLUB ―Me encanta el dinero, amo gastarlo, pero odio el límite de la tarjeta ―le dijo Inés a su amiga Coty mientras descansaban del partido de tenis.                 Otra de sus amigas del club, Titi, ya le había prestado dinero sin hacerle firmar ningún papel. Es que Inés se supo ganar la confianza de su círculo de amistades, siempre presente y dispuesta a escuchar toda clase de miserias que le contaban.                 Nadie conocía su casa, no podían saber que vivía en unos monoblocks del Procrear. Tampoco sabían que la cuota del club la pagaba religiosamente el 6 de cada mes con favores especiales al presidente del club.                 Un tal Álvaro, también del club, le había prestado mucho dinero para pagar a los abogados porque su exmarido l...

IMPOSTERGABLE

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    Era jueves. No… creo que era lunes o martes. No sé por qué pensaba que ese viernes 7 de marzo era feriado. Y eso me parecía fantástico, porque tenía una reunión obligatoria, impostergable, inamovible, súper importante el viernes por la mañana, a las nueve más o menos, con mis hermanas y un abogado nuevo para tratar temas que veníamos manejando desde hacía tiempo, que no vienen al caso.   A mí los abogados me ponen muy nerviosa. Muy nerviosa.   Así que estaba tranquila, porque al principio de la semana yo pensaba que el 7 de marzo era feriado.   Pero no.   El miércoles me dijeron que no, que no era feriado. Se me hizo el nudo en la boca del estómago. Para mí la boca del estómago es un medidor o detector de alegría, estrés, miedo y hambre, así que, si lo siento ahí le presto atención. —No, no es feriado. Tenés que ir. No podés faltar. Tenés que estar ahí, así que ponete las pilas y andá.   El jueves a la tarde, como ya no me...

NO TE VAYAS

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El enojo de Mónica se transformó en angustia. Habían pronosticado tormentas fuertes, pero Marcelo insistió en salir en moto a los cerros. Cerca del pequeño barrio privado había un circuito de dificultad media. ―Nada extremo ―decía él. Un recorrido conocido, bien demarcado, transitado los fines de semana por aficionados con ganas de adrenalina en un lugar seguro. —Vuelvo en un rato, prometo que a las cinco estoy de vuelta —le dijo, ajustándose los guantes negros y verde fluorescente— Antes de que largue la lluvia, después asado, vino y mimos ―sonrió y le guiñó un ojo. Mónica se desarmaba cuando él hacía ese gesto, sonrió un poco y lo miró alejarse con esa sensación incómoda en la boca del estómago. Casi le dolía, estaba molesta por no haber podido convencerlo y las nubes negras que se acercaban rápido no la tranquilizaban para nada. La tormenta empezó antes de lo previsto. Primero un viento seco, raro. Después el cielo de un gris oscuro compacto, sin bordes, oscureció...

LA MASIA SERRA

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LA MASIA SERRA Se veía desde lejos. La Masia Serra se alzaba en medio de la llanura, cerca de las orillas del Río Dulce, como un faro de cal y tejas en un mar de polvo. No era una simple casa de campo: era un manifiesto de poder y de fe en tierras solitarias, un lugar que imponía respeto y recelo por igual. Su fachada simétrica, encalada con esmero, estaba custodiada por dos torres. En una de ellas, un vitral en forma de cruz teñía de rojo y azul las paredes interiores cuando el sol descendía, marcando el lugar del oratorio secreto de Doña Rosario, madre de Matilde y de Isidre. Doña Rosario no olvidó sus raíces. Heredó el grimorio de su madre, pasaba solo a las manos femeninas de la familia. Pero no a cualquiera, El Llegat de la Saviesa Blanca se transmitía a quien manifestara capacidad para continuarlo. Este libro y su legado de sabiduría blanca descansaban en secreto en el oratorio.   Matilde lo recibió de Doña Rosario. Algunos decían que había sabido plegar los ...