EL CLUB
EL CLUB
―Me encanta el dinero, amo
gastarlo, pero odio el límite de la tarjeta ―le dijo Inés a su amiga Coty
mientras descansaban del partido de tenis.
Otra
de sus amigas del club, Titi, ya le había prestado dinero sin hacerle firmar
ningún papel. Es que Inés se supo ganar la confianza de su círculo de
amistades, siempre presente y dispuesta a escuchar toda clase de miserias que
le contaban.
Nadie
conocía su casa, no podían saber que vivía en unos monoblocks del Procrear.
Tampoco sabían que la cuota del club la pagaba religiosamente el 6 de cada mes
con favores especiales al presidente del club.
Un
tal Álvaro, también del club, le había prestado mucho dinero para pagar a los
abogados porque su exmarido le quería quitar uno de sus campos de soja y le
habían bloqueado las cuentas. El exmarido no existía, y mucho menos el campo.
Inés
se aprovechó de que Álvaro estaba encaprichado con ella para no devolverle el
dinero.
―Amiga,
no puedo creer que te que bloqueen las cuentas por culpa de tu ex ―le dijo Coty
ingenua― Contá conmigo para lo que necesites. ―De inmediato le transfirió ocho
millones de pesos.
Inés
se estaba secando las lágrimas conmovida por la generosidad de su amiga, cuando
vio a Álvaro de lejos. Decidió retirarse para el otro lado, pero él la alcanzo
y la tomó fuertemente del brazo.
―
¡Devolveme la plata, atorranta, ya sé que no hay ex, que no hay campo y donde
vivís, estafadora!
―Sos
un idiota, mis abogados han podido borrar todo y mi domicilio es falso, o querés
que mi ex me encuentre para golpearme hasta hacerme sangrar como siempre lo
hacía. Me ofende tu desconfianza, esta noche te llevo tu dinero―Dijo Inés con
la voz entrecortada y llorando.
―
¡Perdoname, no sabía! Un amigo averiguó todo eso, perdóname, esta noche venite
a cenar, quiero compensarte este mal momento.
―
No sé, no sé, me lastimaste mucho, pero esta noche te llevo tus cincuenta mil
dólares y terminamos con esto.
Pobre
Álvaro, no sabía a quién metería en su casa. Tenía un departamento céntrico,
con una gran vista y un balcón amplio. Decidido a quedar bien con Inés ya que,
bien o mal, había logrado que fuera.
Preparó
la mesa en el balcón con velas, un buen vino y pidió la cena en un restaurante
caro, no quería quedar mal.
Sonó
el timbre. Al fin la tenía donde quería, pensó Álvaro, y abrió la puerta. Se
quedó mudo ante la belleza de Inés.
Tenía
el cabello recogido, deliberadamente desprolijo y sexy. El vestido negro largo
de algodón era simple, pero el escote y el tajo al costado eran casi
escandalosos. Lo saludó fríamente y se sentó en el sofá.
―
Acá está lo tuyo ―dijo, y le dio unos golpecitos al bolso.
Álvaro se
sentó a su lado y se deshizo en disculpas, abrió una botella de espumante
helado. Bebieron, bebieron bastante. Tanto que Inés casi olvidó a qué había ido
mientras Álvaro le decía que no tenía apuro con el dinero y seguía pidiendo
disculpas.
Pero cometió
un error.
― Lamento
tanto haberte ofendido, no me imagino lo que tuviste que pasar con ese infeliz.
Pero imagínate mi sorpresa cuando mi amigo me dijo, que no te llamas Inés, que
vivís en un barrio casi marginal y que hace rato que andás estafando gente.
Eso fue
demasiado, dejó que la siguiera abrazando y besando mientras decía todo eso. De
su bolso sacó una jeringa y se la clavó en el cuello.
― Acá está lo
tuyo, no te debo nada ― Le susurró dulcemente al oído. Tomó la copa vacía y se
la guardó. Se apartó despacio y caminó hacia atrás, sin dejar de mirarlo.
Álvaro empezó a sacudirse en el sillón, los brazos rígidos, los ojos
desorbitados. Desde la puerta le tiró un beso y se fue.
No quería
volver al club, pero sería un error peligroso si no la veían jugando al tenis o
tomando un Campari después del partido. Eso hizo.
Después de
tres días alguien preguntó por Álvaro, nadie sabía nada.
―Tal vez se
fue de viaje otra vez—sugirió Inés.
― No lo creo—soltó
Titi dudando, con lentitud apoyó la copa en la mesa, clavó sus ojos en Inés y
dijo—Hace poco estuvimos conversando y no habló nada sobre un viaje
― Puede que no
te cuente todo—respondió Inés imitando tono y pose de Titi.
Estaba
aterrada de solo pensar que Álvaro le hubiera contado a esta arpía rubia de su
pasado. No, no se podía permitir un cabo suelto. ¿Cómo lo arreglaría?
Se hizo la inocente
y rápidamente cambió de tema.
― ¡Ja ja ja,
que misterioso Alvarito! ―miró la hora― Ay chicas, me voy a la ducha
― Yo también―dijo
Titi
Cada ducha tenía una cortina plástica
blanca y bancos de madera para dejar bolsos y cosas. Inés fue rápida, se quería
ir, Titi se tomó su tiempo. El suficiente para que a Inés se le ocurriera algo,
tomó el pomo de vaselina liquida y le tiró a los pies en la ducha.
Titi empezó una especie de danza
dentro de la ducha, Inés cerró bien la cortina para preservar la privacidad de su
amiga. Contempló el agua que corría unos instantes hasta que se tornó de un
rojo acuarelado.
No volvió al club hasta el fin de
semana siguiente. Coty le había enviado mensajes toda la semana para
invitarla a jugar al tenis. Le dijo que
estaba de viaje y que el sábado la vería en la cancha.
La dulce Coty estaba muy pesada e
insistente: “tengo que hablar con vos, tomemos un café, veámonos el lunes “,
hasta que le dijo que sí.
Coty llegó a la casa de Inés la
tarde del lunes, entre sorprendida y asustada. No podía creer que Inés viviera
allí.
―Coty querida, que bueno que
viniste. Tengo dos sorpresas para vos
―Hola, ¿en serio?, gracias―Respondió
casi balbuceando mientras Inés la tomaba de la mano y prácticamente la arrastraba
a la cocina.
― ¡Hoy es mi cumpleaños! —exclamó Inés
entusiasmada señalando la mesita redonda puesta para el té.
― No sabía, te hubiera traído algo,
sabes cuanto te aprecio Inesita.
― No pasa nada, quería sorprenderte.
―Y lo lograste—sin más rodeos le
preguntó― ¿Hace mucho que vivís acá? Muy pintoresco, no conocía.
Inés contuvo el aire—Es temporal,
ya sabes, por mi ex.—Mintió.
Se sentaron e Inés sirvió el té con
una elegancia inglesa. No tenía un peso pero elegancia le sobraba. Heredó de su
tía un tiered stand y lo dispuso con toda corrección: abajo pequeños
sándwiches salados, al medio scons y arriba masitas finas.
Coty no salía de su sorpresa ante
tal despliegue, después de un sorbo de té y dos masitas pudo empezar la conversación.
―Inés querida, amiga, estoy pasando
un mal momento. Mi marido no sabe que vine, no me habla desde que te presté el
dinero. Álvaro le llenó la cabeza de barbaridades.
― ¿y vos que pensás?... amiga
―Yo… nada, pero vos viste como son
los rumores
―No, no lo sé, contame
―Estoy asustada ¿me vas a devolver
la plata? ―Coty temblaba
―Amiga, amiga, esa era mi segunda
sorpresa. No te la voy a devolver y… deberías dejar las masitas—dicho esto rio
con ganas mientras Coty ahogada se golpeaba el pecho y pedía ayuda casi sin
voz.
Inés se limitó a mirarla. Detrás de
Coty, en un modular desvencijado, descansaba un portarretrato con una foto
autografiada de una señora, la
dedicatoria decía “ con cariño Yiya”

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