CASA 48
CASA 48.
Verónica es una cuarentona soltera. Sin familia. Vinieron a vivir a Mendoza hace muchos años y sus padres eran de esa gente que termina alejándose de la familia “si no me llaman, no llamo”, decían. Como esta frase muchas más de calidez familiar, por lo que se quedaron los tres solos, en una gran casa en un barrio privado.
Después que murieron sus padres no tenía donde ir ni qué hacer y se quedó ahí, en la casa cuarenta y ocho.
Tres amables golpes en la puerta: ¡Señorita Verónica! Sergio, de la entrada―se anunció el chico de seguridad. Como era el nuevo, lo enviaron a la casa a entregar un paquete, nadie quería ir a la casa de Verónica.
―Déjelo en la puerta y váyase ―gritó desde atrás de la puerta. Sergio hizo caso y se alejó, pero no mucho, quería ver quién era esa bruja que nadie quería ir a ver.
Para su sorpresa, no vestía de negro, ni tenía una verruga en la nariz o la piel verde.
Estaba en pijama con capucha y pantuflas, de lejos no parecía fea, en el fondo le dio pena.
Los muchachos de seguridad comentaban que casi nadie la había visto, que no salía para nada, y que cuando iba el jardinero o alguien por un arreglo siempre los atendía detrás de la puerta.
La curiosidad pudo más que los consejos y Sergio cuando estaba de guardia pasaba todas las veces que podía por la casa de Verónica. No miraba directamente a la casa, no quería asustarla, pero se daba cuenta que se corría levemente una cortina, a veces en el piso superior y otras veces en el inferior.
Esa vez llegó uno de los tantos pedidos para la casa cuarenta y ocho, Sergio se ofreció rápidamente, aunque no hacía falta, nadie más lo habría hecho.
Tres golpecitos seguidos de !Señorita Verónica¡ y se alejó lentamente caminando hacia atrás. La puerta se abrió y salió una mano derecha extendida, Sergio le dio el paquete a la vez que escuchaba un ronco “gracias”, Verónica se aclaró la garganta y repitió un poco más suave “gracias”.
―De nada señorita, de nada ―Respondió Sergio tratando de no demostrar su sorpresa―Que tenga buenas tardes ―Agregó, a lo que Verónica respondió cerrando la puerta no muy fuerte.
Lo asombroso y extraño es que Verónica poco a poco iba mostrando más de sí cada vez que Sergio le llevaba algo. Hasta la última vez.
Sergio ese día tenía libre, pero decidió hacer algo distinto, ya que Verónica la última vez asomó la cara y pudo ver sus ojos grises, fríos y sin brillo. Pero él quiso ver más.
Se puso su actitud de galán rescatador de solteronas, después pasó por la florería y se dirigió a la casa cuarenta y ocho.
―Ya me mostró media cara, hasta acá venimos bien, mano y brazo lindos, ojos raros, y media cara bien ―pensó mientras calculaba cuánto tiempo le llevaría conquistar a la mujer
Era una práctica bastante común que los muchachos de seguridad se ganaran los favores de las solitarias amas de casa o de las domésticas de los barrios privados, así que cuando lo vieron llegar, sus compañeros lo dejaron pasar sin registrar su entrada y sin hacer preguntas.
―! Señorita Verónica ¡soy yo ―e hizo sus tres golpecitos
―¿Qué pasa Sergio? No pedí nada ―dijo Verónica asomando media cara.
―Lo sé ―y sacó el ramo de flores que escondía detrás, sonriendo con sus perfectos dientes.
Verónica juntó la puerta y unos minutos después dijo― Pase Sergio.
Empujó lentamente la puerta y entró. Estaba oscuro. Las cortinas estaban cerradas pero el sol alcanzaba a entrar por los costados iluminando un ambiente polvoriento.
―!Sientese¡ ¿te o café? ―Ordenó Verónica parada detrás de él
―Café, gracias. ―y se sentó frente a la ventana
Desde la cocina Verónica inició la conversación― ¿Qué busca Sergio? Lo he observado por un tiempo.
―¿Buscar? Como buscar nada, estoy intrigado, usted me intriga y me atrae.
Silencio
Verónica al fin apareció con una bandeja, pero en medio de esa oscuridad los pocos rayos de sol le herían los ojos y no veía nada. Ella se sentó frente a él con esa luz a su espalda. Solo pudo ver que tenía puesto un vestido oscuro con capucha.
La bandeja tenía dos tazas humeantes y una azucarera, con un ademán lo invitó a servirse.
Sergio puso tres cucharadas de azúcar y le ofreció atentamente a ella, lo que rechazó moviendo la mano que él ya conocía.
Probó su café y se le escapó un grito de dolor, no solo estaba muy caliente si no que era te. Sergio odiaba el té, pero se lo tragaría igual, pagaría ese precio por los favores que pensaba conseguir, no era caro.
Todavía con la lengua quemada y dolorida, Sergio empezó su trabajo de gigoló convencido de que era un ganador.
―Verónica, quiero que sepa que usted es lo único que me motiva para venir a trabajar por este sueldo miserable, apenas puedo mantener a mi hija y vivo en una pensión. ―en esta parte improvisó un sollozo poco creíble―Por eso este trabajo es la ilusión diaria de algo bello y tal vez con futuro.
En medio de la oscuridad Sergio escuchó suspirar a Verónica, pero no lo pudo interpretar, sintió que perdía terreno. Le ofreció todo lo que tenía a su alcance para hacerla feliz.
Verónica suspiró otra vez.
―Entiendo, qué triste su realidad. Pero creo que podríamos ayudarnos mutuamente ―Dijo ella casi con un susurro― Lo que ofrece es muy poco, pero tiene algo que me importa. Verá, desde el accidente familiar que no tengo, digamos, contacto humano.
Al oír esto Sergio sintió que ganaba terreno otra vez.
―Es increíble lo que una discusión de abuso puede hacerle a una familia, o a una hija. ―continuó ella― Pero ahora quiero mi compensación. ―se levantó lentamente del sillón y se acercó a Sergio que en este punto no entendía una palabra de lo que esta mujer decía, pero le importaba muy poco.
Sin la más mínima inhibición se sentó sobre él y comenzó a pasarle la lengua por el cuello dejándolo húmedo de saliva y a tocarlo con la mano derecha. El intentó besarla en la boca, pero no lo dejó, intentó tocarla, pero pasó lo mismo.
Todo se salió del control y él ya no podía más, La sujetó y la besó.
Se paralizó, no había, labios, no había casi piel, solo dientes y una lengua que se veía más grande de lo normal incapaz de controlar las secreciones bucales. No había brazo izquierdo solo una cosa rara de plástico. Tocó sus pechos, pero solo encontró cicatrices largas y duras al tacto.
Verónica empezó a reír desde muy adentro y con un eco horripilante que causaba su tórax deformado.
Sergio salió corriendo despavorido, días después presentó su renuncia.
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