NO TE VAYAS
El enojo de Mónica se transformó en angustia.
Habían pronosticado tormentas fuertes, pero Marcelo insistió en salir en moto a los cerros.
Cerca del pequeño barrio privado había un circuito de dificultad media.
―Nada extremo ―decía él.
Un recorrido conocido, bien demarcado, transitado los fines de semana por aficionados con ganas de adrenalina en un lugar seguro.
—Vuelvo en un rato, prometo que a las cinco estoy de vuelta —le dijo, ajustándose los guantes negros y verde fluorescente— Antes de que largue la lluvia, después asado, vino y mimos ―sonrió y le guiñó un ojo.
Mónica se desarmaba cuando él hacía ese gesto, sonrió un poco y lo miró alejarse con esa sensación incómoda en la boca del estómago. Casi le dolía, estaba molesta por no haber podido convencerlo y las nubes negras que se acercaban rápido no la tranquilizaban para nada.
La tormenta empezó antes de lo previsto. Primero un viento seco, raro. Después el cielo de un gris oscuro compacto, sin bordes, oscureció el día.
Las siete de la tarde.
― ¿Dónde se habrá metido?, dos horas tarde, va a llegar embarrado y muerto de risa―No sería la primera vez, pensaba Mónica, mientras negaba con la cabeza y sonreía mirando una foto de Marcelo cubierto de barro y ella lavándolo con la manguera.
Intentó llamarlo, el teléfono respondió ―Hola, soy Marcelo, dejá un mensaje, si es interesante después te llamo.
Las siete treinta
Mónica se molestó. Su cabeza comenzó a dibujarle toda clase de posibilidades:
―tal vez se cayó y está inconsciente, no, no lo creo, es un motociclista experto. ―pensó tratando de convencerse― o se fue más lejos y perdió la noción del tiempo, también puede ser eso.
La lluvia anunció su llegada con unas pocas, pero ruidosas gotas en el techo y dibujando circulitos en la piscina.
Un relámpago iluminó la calle desierta y un trueno hizo temblar las ventanas, Oscar, el perro, entró corriendo todo embarrado y aullando del susto.
Los truenos eran más fuertes y la lluvia ya era una cortina que le impedía ver hacia afuera. El agua se acumulaba y bajaba por la calle con fuerza.
Oscar se acomodó a su lado en el sillón. Mónica le hablaba y él escuchaba con atención, o eso parecía.
―Este no me contesta el teléfono… la tormenta es la excusa perfecta para parar en lo de Nacho y olvidarse de la hora charlando y tomando cerveza.
Sonrió otra vez, le daba bastante ternura que Marcelo hiciera esas travesuras. Después venía pidiendo disculpas con flores y chocolates. Era muy gracioso, como un cachorrito.
La angustia la había desbordado, y lloraba mirando el teléfono esperando noticias cuando golpearon la puerta con mucha fuerza.
Fue a abrir y era Marcelo, mojado y embarrado, igual que Oscar.
—¿Qué te pasó? —le preguntó desesperada—. Estaba preocupada… son, son casi las nueve, estoy asustada, ¿estás bien?
Marcelo no podía hablar claro. Dijo que se había caído, que había perdido el teléfono y se había desorientado, que con tanta tormenta le costó encontrar el camino de vuelta
― Pasemos a buscar a Nacho, tiene el trailer enganchado y podemos ir a por la moto.
A Mónica no le pareció buena idea, pero pensándolo bien, si dejaban la moto tirada seguro se la robarían.
Salieron en el auto de ella a buscar a Nacho, que apenas podía entender lo que pasaba. Se subieron los tres a la camioneta
―¿Qué pasó? Me asustaste Moni con tu llamado, ¿Y vos? Estás loco salir en un día así― Dijo Nacho sorprendido.
—No sé, me caí… vamos a buscar la moto —dijo Marcelo casi dormido en asiento de atrás.
Con dificultad llegaron al cerro donde se había caido Marcelo, la lluvia había parado pero el barro acumulado complicaba la marcha.
Nacho estacionó y alumbró con las luces altas. Ahí estaba la moto, el cerro se había derrumbado completamente sobre ella. Mónica y Nacho se acercaron para ver si valía la pena sacarla.
La lluvia había provocado un derrumbe de barro y piedras muy grandes, la moto estaba destrozada, pero algo más les llamó la atención.
Entre los escombros, asomaba un guante negro y verde fluorescente.
Mónica gritó desgarrada, cuando al querer tomar el guante se dio cuenta que no estaba suelto, allí había un cuerpo. Lo supo.
Nacho volvió corriendo hacia la camioneta para ver a Marcelo, para entender qué estaba pasando.
Marcelo ya no estaba.
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