Clara de Shalott
En la habitación siete de la elegante clínica,
vivía Clara. Era una reclusa por la fragilidad de su propia vida: una inmunodeficiencia
severa la mantenía confinada tras la barrera translúcida de su
"burbuja". Para el mundo exterior, era la "niña burbuja",
pero para ella, era su universo y a veces imaginaba que era una princesa
encerrada. Allí, en el murmullo de los monitores y la constante brisa de los
filtros de aire, Clara crecía. Su mente era un jardín sin límites: en su notebook
devoraba libros, exploraba mundos, aprendía idiomas y recorría museos. Tenía
amigos en línea que nunca la habían visto, y sabía más del exterior que muchos
de los que pisaban sus calles.
Llevaba
el cabello corto, con rulos, más de una vez su madre le dijo en broma que tenía
en su cabeza un nido de catas rojizo. Tenía 17 años y no era muy alta, tal vez
por su condición. No era difícil notar entre los rulos el brillo inquieto de
sus ojos, o contagiarse de su risa ruidosa, se reía de todo
Pero su corazón, a pesar de toda la
sabiduría adquirida, ignoraba una experiencia: el amor. Había leído sobre él,
había visto sus dramas en la pantalla, pero nunca había sentido su chispa.
Hasta que llegó él.
El era Ale, un enfermero nuevo, con ojos
amables y una sonrisa que lograba suavizar incluso la esterilidad de la
burbuja. Era lindo, de veintitantos, un poco regordete, se veía como un osito
de peluche. No la veía con lástima, sino con respeto. Hablaban de libros, de
estrellas, de los sueños que ella tenía del mundo que nunca había pisado. Para Clara,
Ale no era solo su cuidador; era la primera ventana real a una conexión humana
profunda que la conmovía. Lo observaba mientras la medicaba, mientras charlaba,
mientras su risa resonaba en la habitación. Cada gesto, cada palabra era una
mariposa más en su estómago. Pero en los ojos de Ale solo veía la compasión y
la dedicación de un profesional. Él era su enfermero, ella su paciente. Nada
más.
Un martes por
la mañana, con el sol filtrándose suavemente por la ventana, Ale entró con una
noticia que rompió la calma de la burbuja, la quebró como un cristal. "Clara"
dijo, su voz algo tensa, "me voy. Me trasladan a otra clínica, me ofrecen
mejores condiciones, más oportunidades." Su sonrisa era una mezcla de
alegría por su futuro y tristeza por la despedida.
Pero en sus ojos, ella percibió una
inquietud, un apuro por irse que no encajaba del todo con el brillo de una
nueva oportunidad. Él no mencionó a su novia, pero la presencia de esa otra
vida, fuera de los muros de la burbuja, flotaba en el aire. Sabía que era un
hombre comprometido, y el tiempo que pasaban juntos se había vuelto cada vez
más cercano, mas... íntimo de una manera que la hacía sentir vulnerable.
Cuando llegó
el día, Ale fue a despedirse y se tocaron las manos a modo de saludo a través
del plástico, se fue rápido para que ella no viera sus ojos llenos de lágrimas.
En ese
instante, algo en Clara se quebró. La burbuja física que la protegía, y la
burbuja emocional que la contenía, estallaron. Las imágenes de la Dama de
Shalott, la torre, el espejo y la maldición, que había leído y releído,
inundaron su mente. El deseo irrefrenable de salir, de alcanzar lo
inalcanzable, se apoderó de ella.
Clara sintió
una fuerza insospechada. Sus ojos se fijaron en la escotilla de acceso. Sabía
lo que significaba salir; había estudiado la ciencia detrás de su enfermedad.
Era una sentencia de muerte. Pero la idea de una vida sin Ale, sin haberlo
tocado, sin haber sentido su piel, era una muerte aún peor.
Clara se lanzó
por la salida de seguridad a buscar a su Lancelot
Los sensores y
las alarmas se dispararon, pero ella ya corría por los pasillos hacia la calle.
El aire
exterior, denso y cargado de millones de partículas que su cuerpo no conocía,
golpeó sus pulmones como una pared de ladrillos. La clínica se llenó de los
gritos asustados del personal. Cada respiración era un desafío, cada paso una
agonía. Pero no se detuvo. Tenía que encontrarlo.
Ale, alertado
por el caos, la vio. Su rostro se contorsionó en una mezcla de horror y
desesperación. "¡Clara, no!" gritó, corriendo hacia ella.
Ella apenas
había llegado al final del pasillo cuando sus piernas flaquearon. La visión se
le nubló, el frío de la muerte ya la invadía. Pero entonces, sintió unos brazos
fuertes rodearla. Era Ale, era su Lancelot. La sostuvo con delicadeza, su
rostro marcado por la angustia.
La tomó en sus
brazos, sintiendo su cuerpo débil, y la apretó contra él. En ese momento, ya no
era su enfermero, ella no era su paciente. Eran solo dos almas en medio de una
tragedia. Sus ojos se encontraron. Clara, con un último aliento de fuerza, le
regaló una sonrisa, una mezcla de amor, gratitud y despedida.
Ale bajó la
cabeza, sus labios rozaron los de ella. Un beso. El primer y último beso que Clara
había anhelado, que había soñado. Era un beso de despedida, de amor puro y de
la más profunda tristeza.
Y mientras el
aliento de Ale se mezclaba con el suyo, y la vida se desvanecía en sus ojos, Clara
sintió que, por fin, había vivido.
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