LA MASIA SERRA

LA MASIA SERRA
Se veía desde lejos. La Masia Serra se alzaba en medio de la llanura, cerca de las orillas del Río Dulce, como un faro de cal y tejas en un mar de polvo. No era una simple casa de campo: era un manifiesto de poder y de fe en tierras solitarias, un lugar que imponía respeto y recelo por igual.
Su fachada simétrica, encalada con esmero, estaba custodiada por dos torres. En una de ellas, un vitral en forma de cruz teñía de rojo y azul las paredes interiores cuando el sol descendía, marcando el lugar del oratorio secreto de Doña Rosario, madre de Matilde y de Isidre.
Doña Rosario no olvidó sus raíces. Heredó el grimorio de su madre, pasaba solo a las manos femeninas de la familia. Pero no a cualquiera, El Llegat de la Saviesa Blanca se transmitía a quien manifestara capacidad para continuarlo. Este libro y su legado de sabiduría blanca descansaban en secreto en el oratorio.
  Matilde lo recibió de Doña Rosario. Algunos decían que había sabido plegar los rezos a su voluntad, mezclando lo santo y lo prohibido. Nadie dudaba de que allí dentro se rezaba, pero los peones murmuraban, siempre en voz baja, que también había cosas de manque pacha, así le llamaban al infierno en quechua.
La otra torre, sobria, servía de mirador. Desde allí el patrón observaba el ganado y los hombres que trabajaban bajo su mando. Por las noches se usaba para vigilancia, ya que los malones todavía daban sorpresas.
 Pero, llegada la noche, hasta esa torre parecía perder su propósito: algunos vecinos aseguraban haber visto luces danzantes en sus ventanas, que no correspondían a mano humana alguna. Por esto casi ninguno de los peones quería hacer las vigilancias nocturnas.
El frente mostraba una galería con columnas muy trabajadas que ofrecían sombra durante las siestas de verano. Más allá, los patios escondían aljibes, corrales y corredores silenciosos donde el eco de pasos se confundía con el canto de las palomas.
Los interiores guardaban su propio enigma. Paredes gruesas de adobe protegían muebles de algarrobo y espejos con marcos dorados que duplicaban las sombras. Lámparas de querosén alumbraban lo justo, proyectando figuras que parecían moverse solas en los tapices bordados por las mujeres de la casa.
Con el correr de los años, los criados seguían contando historias —siempre entre dientes— de ruidos que no tenían explicación: pasos en las escaleras de servicio que no llevaban a ninguna parte, golpes secos en el hueco del montaplatos de la cocina, susurros en lenguas extrañas que parecían surgir del adobe mismo.
A veces, desde el Río Dulce, llegaban también lamentos, como mujeres arrastradas por la corriente. Los más viejos aseguraban que eran las almas en pena de los aparecidos que rondaban las orillas, y no faltó quien jurara haber visto sombras perderse en la arboleda, rumbo a una Salamanca secreta bajo la tierra.
El parque, insólito en aquellas tierras, desplegaba glorietas cubiertas de glicinas y eucaliptos que murmuraban con el viento. En las noches de luna llena, las torres proyectaban sombras largas sobre el campo, y más de un viajero juraba haber visto figuras cruzando de una ventana a otra, aun cuando toda la casa dormía.
El rumor constante del río parecía amplificar aquellos silencios, como si el agua trajera consigo viejas historias y las sembrara por la estancia.
La Masía Serra no fue nunca solo estancia ni solo morada. Fue un territorio donde lo sagrado y lo profano se respiraban en el mismo aliento: rezos al alba en el oratorio, vigilias al anochecer en el mirador, pactos secretos junto al río. Una casa destinada a sobrevivir no tanto en sus muros, sino en las historias que susurraban sus paredes y en los ecos que, aún hoy, dicen que recorren las orillas del Río Dulce.
No muy lejos de la casa habían instalado una posta. Era atendida por algunos peones y algunas indias que habían sido acogidas de pequeñas.
La más importante era la negra Juana, como le llamaban. Había llegado herida y embarazada unos quince años atrás y Matilde la adoptó casi como una hija.
La Posta Serra era una de las tantas que se encontraban por el Camino Real cada dos o tres leguas. Pero no era como todas, tenía mejor comida, mejores catres, hasta una pequeña capilla para los creyentes.
Para la finca era conveniente la posta porque beneficiaba al funcionamiento comercial. Llegaban los viajantes con distintos tipos de mercadería para su distribución al igual que el correo. Era paso obligado desde Buenos Aires.
También llegaban desde el virreinato del Perú vendedores con mercaderías exóticas. El más esperado era Don Javier, que llegaba con hierbas, pócimas y recetas para Matilde, enviadas por su amiga, una curandera del Perú.
La vida en La Masía era apacible y armoniosa. Transcurría entre el trabajo, la oración y algunos amigos.
Los hermanos Isidre y Matilde eran inseparables. Crecieron entre siembras y cosechas. Mamá Rosario les enseñó a leer el cielo y a interpretar los vientos. Familia de trabajo que sacó adelante los cultivos y los animales de manera que, con el tiempo, hicieron una gran fortuna.
Los vecinos y las costumbres le cambiaron el nombre a Finca Serra, borrando un poco la herencia catalana. Pero nada podría borrar el amor y el respeto por las raíces.
Continuaron lo que iniciaron sus padres trabajando a la par. Isidre se ocupó de que su hermana fuera respetada y obedecida, ella no quería ser un ornamento.
El siempre tenía un gesto duro con el ceño fruncido. Le servía para inspirar respeto y un poco de miedo, aunque la verdad, es que no veía bien. Las cejas tupidas muy negras, pero con algunas canas le daban un aspecto amable.
 A veces se perdía en un punto lejano del paisaje, generalmente al atardecer con una copa de algún licor dulce. Se sentaba en su escritorio, giraba el sillón y su mirada escapaba por la ventana.
¿Qué pensaba? Nadie sabía. Casi siempre estaba en la casa o caminando la finca, pero ausente.
¿Qué habría sido de ellos si todo hubiera seguido igual?
Con su gélida belleza llegó un día Ofelia a sus vidas. Hija de un amigo de la noche de Isidre, había sido educada para ser esposa, administrar un hogar y criados, tener hijos y brillar en sociedad.
 No pudo sacarla de sus pensamientos desde el momento en que la vio. Pensó que era una criatura irreal, su cabello negro resaltaba su piel blanca y fría. Sabía elegir los colores para sus vestidos siempre lavanda, rosa pálido o blanco.
El padre de Ofelia no dudó en autorizar el noviazgo, había invertido lo que no tenía en la educación de su hija.
Pero nadie le preguntó a Matilde su opinión.
Tenía sentimientos encontrados, estaba feliz por su hermano, pero odiaba tener que compartirlo con la mujer fantasma.
―Parece un alma en pena descolorida―pensó la tarde en que Isidre se la presentó― Doña Perfecta, sacada de un figurín.
Contrastaba mucho con ella. Estaba orgullosa de su cabello rojizo y sus ojos verdes, para nada parecía una solterona, era bella y luminosa. No importaba si era invierno, la presencia de Matilde transformaba todo en primavera.
Matilde, la dulce, atenta, compresiva y generosa Matilde. Eligió no casarse y no tener hijos, no estaba en sus planes dedicar su vida a una familia, solo su hermano ocupaba su corazón.
Esta presencia casi impuesta la hizo sentir invadida y desplazada, no estaba acostumbrada ni dispuesta a compartir. Quería odiarla, pero no le encontraba defectos, por más que los buscara.
Los días fríos pasaron. La Negra Juana y su hija Charo guardaban con cuidado la ropa de invierno, dejando algunos abrigos livianos para la primavera que ya se veía en los jardines y en las tardes más largas.
Ofelia eligió esa época para formalizar el compromiso, con celebración y anuncio de fecha de casamiento. Matilde se mostraba feliz por su hermano y por Ofelia. Por amor a Isidre hizo un esfuerzo sobrehumano para ser la mejor cuñada. Esto dio sus frutos, Ofelia la quería más que a una hermana y se volvieron inseparables.
Tratando de manejar estas contradicciones de su corazón, Matilde se retiraba casi todos los días después de cenar a su oratorio, su lugar de refugio y paz.
Leía el Llegat de la Saviesa Blanca buscando respuestas. Con sus conocimientos podía manejar fuerzas más allá de este mundo. En el antiguo grimorio que mantenía oculto se encontraba la sabiduría mágica para comprender y practicar las disciplinas de las artes ocultas. La única regla era no usar esos conocimientos con el corazón sombrío y el aura turbia.
Finalmente llegó la gran boda. Matilde estuvo en todos los detalles, lista de invitados, menú, alojamientos, ropa, flores.
Tal vez fue cuando todo empezó a manifestarse…
Cosía unas flores en el vestido de novia de Ofelia mientras pensaba en su lucha interior, cuando se pinchó un dedo. Brotó sangre como un río manchando la seda blanca. Espantada, dejó caer el vestido, contempló unos momentos el cuadro, intentando comprender. Lo levantó y lo llevó a su oratorio. Cerró la ventana, colgó el vestido manchado en la pared.
Encendió una vela y presionando su dedo lastimado, vertió sobre la cera caliente unas gotas de sangre mientras recitaba palabras del grimorio. Capitulo cuatro: Cómo revertir daños. Repitió el ritual por varias horas como un mantra.
La despertó una perfecta mañana de primavera, un amanecer sin nubes, pájaros cantaban y el aroma de las flores. Se levantó fresca y tranquila, no dudó nunca de su capacidad. Fue al oratorio, estuvo ahí un buen rato, y bajó con el vestido, inmaculado con un aroma suave a rosas.
La boda fue de ensueño. Risas, brindis halagos la bella novia, elogios a la maravillosa anfitriona. Todo magnífico y perfecto como si el universo se hubiera encargado de que aquel día quedara como una postal de felicidad en la memoria de todos los invitados y en los comentarios de la sociedad, por muchos muchos años.
Todavía se comentaba la boda como la mejor de los últimos tiempos, cuando otra noticia la superó. Ofelia esperaba un bebé. La noticia se extendió rápidamente, otra vez brindis y celebración.
El amor odio de Matilde llegó a niveles peligrosos. No dejaba de oír la voz de su madre repitiendo que las artes que le enseñaba solo eran para el bien, porque todo vuelve, y que debía tener un corazón puro. Pero los celos pueden ser una influencia nefasta, y cada atención, mirada, sonrisa o caricia que Isidre dedicaba a Ofelia era otro poco de sombra que entraba en el alma de Matilde. En este punto también le carcomía la juventud y belleza de su cuñada y la adoración de todos lo que la conocían.
Se sentía insignificante. Así, lo que había nacido como un legado de luz se ennegreció en su interior.
La noticia no la sorprendió, lo sabía antes que nadie. Lo había decretado en sus noches de conjuros, dibujando con cera derretida mezclada con sangre y lágrimas símbolos para determinar que sería una niña y reclamarla como suya, como su sucesora.
Por fin María Jesús llegó, sana y hermosa. Naturalmente la tía se convirtió en la nana perfecta. En aquellos tiempos era común que la tía soltera colaborara en la crianza de sus sobrinos mientras los padres se dedicaban al trabajo, a los viajes y a su vida social.
 Maju tenía un dormitorio amplio con una sala de actividades. Pasaba horas con Matilde y Charo leyendo libros e inventando historias que proponía la tía, historias que siempre tenían que ver con la magia y lo sobrenatural. Aprovechó para leerle e inventarle miles de cuentos de magos, brujas y hadas. Le creó un mundo de fantasía que la niña apenas podía diferenciar de la realidad
La complicidad entre las dos era especial, tanto que ahora era Ofelia la que se sentía celosa y desplazada, algo que alegraba secretamente a Matilde.
Una noche en que los padres salieron llevó a Maju a conocer su oratorio.
−Maju querida, es hora de que conozcas mi sala de juegos, este será nuestro secreto.
El grimorio describía claramente todo lo necesario para una iniciación. Matilde le encargó a la Negra Juana que dispusiera todo para cierta hora y que después se fuera a dormir.
 Matilde condujo a Maju de la mano, y la hizo entrar primero para ver su reacción. Sonreía y sus ojos brillaban reflejando el círculo de velas. Había un cuenco que contenía elementos personales de la niña, cabello, uñas y un par de dientes de leche, vertió aceite de sándalo que después encendió.
Se sentaron en unos almohadones en el centro. Maju no tenía miedo, era un lugar agradable a pesar de lo que allí pasaba. Un ambiente hexagonal, con una gruesa puerta de madera al final de una escalera. Las paredes estaban tapizadas con tela color ladrillo, piso de madera y estanterías con libros. Candelabros en las paredes y una especie de altar donde el grimorio descansaba en su atril.
Matilde comenzó a tocar los cuencos, estaban hechos de una aleación de varios metales, oro, plata, mercurio, cobre, hierro, estaño y plomo, representando los planetas. Producían un sonido prolongado y vibrante, como un zumbido que parece expandirse en el aire.
Podían sentir la vibración en todo el cuerpo, en los huesos, el sonido era hipnótico y ancestral. La llama de las velas parecía crecer dibujando miles de formas en las paredes. Matilde empezó a emitir una melodía nasal, sin abrir la boca, y Maju la siguió. Después de unos minutos las formas se definieron, se desprendieron de las paredes, y danzaban entre ellas. Eran las mujeres antepasadas de la familia, la madre de Matilde, su abuela y su bisabuela, las tres, jóvenes y hermosas.
Maju estaba deslumbrada, se hacían realidad todas las historias que tía Matilde le había contado.
Las tres mujeres flotaban y danzaban en un compás lento, sus cabellos y sus vestidos blancos se movían con una gracia imposible, ondulando como si estuvieran sumergidas en el fondo de un agua tranquila. Todo en ellas parecía etéreo, suave y flotante, como un sueño suspendido en el aire.
Los cuencos seguían sonando, aunque nadie los tocaba. Le hablaron a Maju, las voces sonaban en su mente. Le contaron quiénes eran, de sus vidas y del don maravilloso que iba a recibir.
Danzaron sobre ella y la tomaron suavemente de las manos elevándola, ahora danzaban las cuatro, se elevaron tanto que podían ver la casa desde arriba en la noche. Maju se sintió protegida y segura.
Descendieron y la recostaron suavemente sobre el almohadón, estaba como aletargada. La luz de las velas bajó su intensidad, oscureciendo un poco la habitación.
En este punto la imagen de la bisabuela resplandeció y habló, su voz dejó un eco interminable que se expandió por las paredes.
−Solo haz el bien, querida niña, no te dejes llevar por egoísmo ni vanidad, solo amor bueno− Dicho esto le lanzó una mirada a Matilde que no pudo sostenerla y bajó los ojos.
Lentamente las apariciones se mezclaron con las sombras y los reflejos de las velas y se fundieron en la pared. Los cuencos hicieron silencio.
Tía Matilde levantó en brazos a Maju y la llevó a su habitación, la recostó con dulzura y se quedó dormida a su lado.
A la mañana siguiente, durante el desayuno familiar, Maju se mostró radiante. La noche anterior había sido toda una aventura pero, fiel al pacto secreto de sobrina y tía, no dijo una palabra.
Ofelia la observaba con cierto recelo. No estaba segura de haber hecho bien en dejar a Maju al cuidado de Matilde.
—Solo son juegos, solo son cuentos —murmuró, irónica e inquieta—. Tu hermana le está llenando la cabeza de pájaros.
—No lo creo —respondió Isidre, convencido—. Admito que tiene mucha imaginación, pero Matilde no es una mala influencia.
La certeza de su voz no alcanzó para calmar a Ofelia, que siguió mirando a su hija como si hubiera cambiado algo en ella que no lograba explicar.
Isidre trataba de mantenerse al margen de las cosas domésticas y los asuntos “de mujeres”. A veces desaparecía por las noches, y no volvía hasta las 3 de la mañana. Ofelia no le preguntaba nada delante de la familia. Él sabía que esas escapadas le costaban muchos reproches, pero siempre tenía a mano algún regalo de la Joyería Testorelli de Buenos Aires.
Con esto compraba tiempo y volvía a las andadas. Se perdía en las pulperías.
 Villa Loreto era un punto de paso entre Villa Atamisqui y Santiago Capital, así que había pulperías y almacenes de ramos generales que también era cantina y lugar de noticias. Vendían vinos, yerba, tabaco, artículos de ferretería.
Pero de noche, cuando las mujeres ya habían vuelto a casa a atender a sus familias, algunas pulperías permanecían abiertas.
Con la luz de la noche las cosas se veían diferentes, se juntaban arrieros y campesinos a beber caña o vino patero. Jugaban al truco o a la taba, también dados y peleas de gallos.
Isidre frecuentaba la pulpería Hormiga Negra, ubicada a la salida de Villa Loreto. Allí se encontraba con amigos, jugaban cartas y bebían. Eran atendidos por “las sobrinas” del dueño.
Pasaron días y meses. Ofelia vio levitar a su hija mientras dormía, pero Isidre se reía de ella. En otra ocasión convenció a Maju de acompañarla a un paseo por los jardines.
―Hija, quiero que compartamos más tiempo juntas.
―Eres aburrida, mamá, me gusta estar con Tía Matilde y hablar de las abuelas.
― ¿Las abuelas? ¿Qué abuelas?
―Las blancas, las que bailan y vuelan vestidas de nubes, con el cabello largo y suelto. ―Ofelia se quedó pálida, no sabía de quiénes hablaba.
Una tarde Ofelia estaba bordando un pañuelo, mientras Maju dibujaba y Matilde leía. Trataba de concentrarse en su labor, pero no podía parar de pensar en su cuñada y su hija.
Maju se levantó y fue a un viejo baúl que dormía en un rincón, sacó del fondo un viejo pañuelo bordado blanco amarillento por los años. Se lo acercó a su madre en el mismo momento en que se pinchó un dedo.
−Dice Abu María que ese punto te sale mal, que hagas este otro. −Con cariño le acercó el pañuelo al dedo lastimado.
Ofelia lo recibió temblando. En una de las esquinas, con hilo desvaído, estaban bordadas las iniciales: M.R.S.
Al volver la vista hacia la mesa, notó el dibujo que Maju había dejado a medio terminar. No eran flores ni casitas: había cuatro figuras femeninas, tomadas de la mano en círculo. Tres eran altas, con largos cabellos blancos que parecían flotar en el aire. La cuarta era más pequeña: la niña, con la misma trenza que Maju llevaba ese día.
Ofelia sintió un escalofrío recorrerle la espalda, no podía apartar la mirada del dibujo. Aquellas cuatro figuras tomadas de la mano en círculo parecían vibrar con una vida propia. Tres mujeres de largos cabellos blancos flotaban alrededor de una niña que era, sin lugar a duda, Maju.
Antes de reaccionar, notó que Matilde se había acercado por detrás. Miró el papel, y una sonrisa de orgullo iluminó su rostro.
—Es precioso —dijo, acariciando suavemente la cabeza de su sobrina—. Ya entiendes, pequeña.
Ofelia se quedó petrificada. La alegría de Matilde contrastaba con el terror que a ella la ahogaba. De pronto comprendió lo que hasta ahora había querido negar: su hija estaba enredada en algo demasiado oscuro.
Apoyó el bordado sobre la mesa, con las manos temblando. Tenía que tomar una decisión. Separar a Maju de Matilde era la única manera de salvarla.
Quería a su cuñada, pero el miedo le oprimía el pecho. Desde que se levantaba tenía la sensación de que algo que no podía entender se respiraba en la casa.
—No sé cómo explicarlo, Matilde… pero cada vez que Maju hace esas cosas raras, sé que estás detrás. No sé qué haces, pero ya no lo hagas. Quiero que mi hija sea normal.
Matilde estaba de espaldas a Ofelia mirando por la ventana, era un bello atardecer.
 —¿Normal, Ofelia? ¿Qué significa eso para ti?
  —Que no viva rodeada de fantasías ni de símbolos que no entiendo, ni de esas historias tuyas. Todo eso se está transformando en un mal hábito. Y los malos hábitos vienen de malas compañías. No quiero que seas una mala influencia para mi hija.
—Estás confundida, solo avivo su imaginación de niña. Se cría entre adultos… ¡qué aburrimiento!
―Por favor, aléjate un tiempo. Pondré una institutriz que le enseñe artes, idiomas y a ser una señorita.
―Ofelia, no entiendo tu idea de diversión.
―¡Aléjate! ―gritó Ofelia. Era la primera vez que se oía un grito en esa casa. Matilde se giró y la miró directamente a los ojos, se acercó lentamente―
― Te estás equivocando. Deberías quedarte en tu lugar de esposa y adorno social, ubicarte donde todo se ve y todo se entiende, ―susurró al oído de Ofelia tan bajo y vibrante que la hizo temblar― y no meterte con lo que no ves ni entiendes, querida cuñada.
La habitación se oscureció de golpe, como si el atardecer se hubiera acelerado en un parpadeo. El aire estaba espeso, pesado, afuera se escuchaba el canto insistente de los grillos.
Ofelia pestañeó. Sentía el pecho apretado y un murmullo que todavía resonaba en su oído, como si Matilde le hubiera susurrado hacía apenas un instante.
De pronto, una mano la tocó suavemente en el hombro.
—Ofelia, ¿no vas a cenar? —era su marido, con voz serena.
Ofelia se incorporó sobresaltada. Estaba recostada en el sillón, justo en la sala donde había estado discutiendo con Matilde. Isidre continuó:
—Matilde bajó hace rato. Dijo que te sentiste mareada, que descansarías unos momentos, por eso vine a ver cómo estabas. ¿Vas a bajar?
Ofelia lo miró confundida, con la boca entreabierta. El corazón le golpeaba en las sienes. ¿Había estado conversando? ¿Se había quedado dormida? ¿O todo había sido un sueño envenenado que ahora la hacía dudar de su propia cordura?
 Bajó la vista a sus manos temblorosas y por primera vez se preguntó en serio si se estaba volviendo loca. Abrazó fuertemente a su esposo y le rogó casi con lágrimas que alejara a Matilde de la familia porque no era buena influencia para la niña.
―Por favor, Isidre, estemos los tres solos un tiempo, nunca lo hemos estado… me siento una extraña cuando ella está presente―imploró entre sollozos― Se ríen de sus recuerdos juntos, juega con Maju y la separa de mí. ¡Si no se aleja tendré que irme yo con mi hija!
Isidre la sostuvo en silencio, al escuchar esas palabras entendió al fin de que Ofelia no bromeaba, y que su angustia era real. No lograba comprenderla, pero supo lo que tenía que hacer.
Al día siguiente Ofelia no bajó a desayunar. Maju preguntó por su madre, Matilde también.
―No durmió bien, últimamente está muy nerviosa. Maju, sube a ver a tu madre, acompáñala un rato. Le hará bien. ― Dijo Isidre para poder quedarse solo con Matilde.
― ¿Qué me quieres decir hermano? No soy tonta, algo pasa.
Isidre revolvía su café buscando las palabras correctas, no quería herir a su hermana, pero tenía que velar por su familia.
―Ofelia no está bien. En la madrugada tuve que llamar a un médico, dice que sus nervios están al límite, que necesita reposo y tranquilidad.
―Tranquilo, yo me hago cargo de todo lo que haga falta para que mejore. ―Dijo Matilde tiernamente tomando la mano de Isidre― Sabes que por ti y Maju soy capaz de cualquier cosa.
―Lo que tengo que pedirte es muy difícil para mí, muy doloroso. Ofelia en su delirio pide que te alejes de nosotros un tiempo, sus celos la han enfermado. Tal vez así se calme.
Matilde no respondió, intentó mantener una sonrisa comprensiva. Sabía que este momento llegaría, pero también sabía que el tiempo de su ausencia no sería mucho. Todo estaba preparado.
La pequeña Maju por esos días se sentía un poco sola y triste. Había cumplido nueve años. No hacía mucho que su Tía y confidente Matilde había partido de viaje por tiempo indefinido sin dar alguna explicación convincente. Era la primera vez que no estaba en su cumpleaños.
―Mi querida niña, se me terminaron las historias, debo ir por más ―Le dijo una tarde― en un tiempo te traeré muchas aventuras nuevas. ―La besó con amor infinito en la frente. Maju vio los ojos de Matilde llenos de lágrimas, le pareció triste, pero así son los adultos, disfrazan la verdad.
Después de la partida de Matilde, la casa perdió un poco de brillo. Ofelia hizo lo imposible por llenar ese espacio para su niña, pero no era igual. De todas maneras, Maju agradecía el gesto de su madre y la seguía en todo lo que se le ocurría.
Iban al pueblo, compraban telas o vestidos, tomaban el té, visitaban amigas. Lo que más le gustaba era ir a las clases de pintura. Allí, Maju daba rienda suelta a su imaginación dibujando todo lo que había escuchado de tía Matilde.
También dibujaba sus sueños.
Ofelia no podía evitarlo, sentía celos. Pero había podido poner a Matilde en su lugar a tiempo. La envió lejos y no la dejaría volver. Al menos hasta que Maju la olvidara.
No fue fácil convencer a Isidre, el vínculo de los dos hermanos era indestructible, pero el amor por su hija estaba por encima de todo y tuvo que ceder. Ofelia lo había amenazado con abandonarlo y llevarse a la niña si no mandaba a su hermana lejos por un buen tiempo.
Isidre tenía el corazón demasiado blando para contradecir a su mujer. La amaba con locura y quería protegerla. Desde hacía un tiempo Ofelia veía cosas extrañas y presagios en los hechos más simples.
Para ella un dibujo de la niña era cosa de brujas, que encontrara un antiguo pañuelo era premonición de algo. Mantenían las ventanas cerradas porque si el viento movía las cortinas ella veía fantasmas entrando a la casa.
Por eso le pidió a su hermana que se fuera un tiempo, hasta que todo se calmara un poco.
Un día llegó una carta para Maju, el remitente decía “Tía Matilde. Hotel Edén. Córdoba”. Dio un salto de alegría y fue a contarle a su padre. Ofelia, como hacía tiempo ya, estaba en cama con dolor de cabeza.
Isidre le propuso a Maju que guardara la carta en secreto, que se lo contarían a mamá cuando mejorara.
Las cartas de tía Matilde seguían llegando y Maju se fascinaba con lo que le contaba de la vida en el hotel. En una de ellas le decía:
“Cuando seas más grande vendremos juntas. Podremos jugar al tenis o pasar la tarde en la piscina, ¿Sabías que los piletones llevan agua del Río Pinto?
Para la cena hay que vestirse muy bien, por suerte vino mi Negra Juana para ayudarme. Espero que Charo te esté atendiendo bien, Juana y yo la preparamos desde niña para este momento.
Hay luz eléctrica, te quedarías hipnotizada con ese brillo nocturno.
 Te extraño mucho, pero falta menos”.
 Maju soñaba con ese día mientras Charo hacía su trabajo. Matilde había dejado preparado un frasco de vidrio ámbar con un destilado de variedades de amapolas y oporto. Su tarea era ponerle varias gotas en su té diariamente junto con los otros medicamentos recetados por el médico.
 El tratamiento médico no dio los resultados esperados. Ofelia se apagaba lentamente. Como casi no caminaba Charo la llevaba a pasear por las galerías en silla de ruedas para que tomara un poco de sol, tal vez así cambiaría el color mármol de su piel. Nada funcionaba
 En ausencia de Tía Matilde y la Negra Juana, Charo se sentía importante. Cumplía sus tareas con diligencia. Le encantaba llevarle el desayuno a Ofelia y mientras le daba el té con una cuchara le hablaba de lo agradecida que estaba de vivir allí y atenderla.
 También se ocupaba con mucho cariño de Maju y cenaban juntas cuando Isidre se iba de copas por las noches.
 Los delirios de Ofelia y la falta de Matilde habían dañado el ánimo del hombre y prefería irse a beber para olvidar un rato su tristeza.
 La Masía Serra estaba a oscuras. Aunque fuera un día soleado, en la casa, parecía que se cernía una tormenta de esas que obligan a encender luces a las dos de la tarde.
 En la zona de servicio los rumores corrían como el agua sobre la locura de la Señora Ofelia y las juergas del Señor Isidre. Charo había tomado su papel muy en serio y mantenía informada a su madre de todo lo que pasaba. De más está decir que la Negra Juana le contaba todo a Matilde.
 Una tarde Charo le servía el té a Ofelia y la entretenía con su charla, más bien su monólogo porque la señora apenas la miraba. Todo se arruinó cuando nombró a su madrina Matilde. Ofelia comenzó a gritar y a estremecerse en su silla de ruedas hasta que se cayó.
 Isidre subió corriendo asustado y la llevaron a la cama. Se quedó con ella hasta que se calmó. Se sintió solo e impotente ante esta situación, la única que lo podría ayudar era Matilde.
 No dudó un momento en escribirle:
 “Hermana:
                     Estoy desesperado, te necesito. La casa se me cae encima y ya no sé cómo ayudar a Ofelia. Se ha transformado en una muñeca casi transparente, de día no habla y de noche grita, grita. Maju se pasa el día con Charo, y me ignoran.
                    Soy un inútil, por favor, perdóname y vuelve.
                       Tu dolido hermano, Isidre”
Matilde estaba en el Salón Imperial, había té con orquesta para amenizar la tarde. Estaba con algunas de sus amigas inglesas comentando sobre los manteles de lino, la platería y la deliciosa pastelería alemana.
Su taza de té de porcelana blanca, casi translúcida, de Limoges estaba a la mitad, cuando uno de los elegantes camareros de guante blanco le entregó un sobre.
Al leer su nombre y el remitente su mano comenzó a temblar, tal vez impresionada por la caligrafía desprolija de su hermano. Supo al instante que debería volver, así que se disculpó con sus amigas y fue a su habitación.
Leyó la carta una y otra vez con los ojos llenos de lágrimas y culpa.
―Negra, esto se me fue de las manos, prepara nuestro equipaje, volvemos a Loreto.
Toda la noche tuvo pesadillas de fuertes tormentas, ríos crecidos arrastrando gente y ganado.
El viaje de regreso se le hizo interminable, una mezcla de miedo por no saber que encontraría y rencor hacia Ofelia por arruinarles la vida. Al menos llegaría a tiempo para la navidad y podría darle a Maju todos los regalos que le llevaba.
Al fin llegaron el veinte de diciembre cerca del mediodía. El abrazo de Maju fue tan fuerte que Matilde terminó sentada en las escaleras.
―¿Qué significa tanto escándalo?―Gritó Isidre bajando en bata.
―¿Así me recibes ingrato?―Lo saludó Matilde riendo
La risa de Matilde devolvió por unos instantes la calidez perdida a la Masía, pero duró poco. Isidre, el hombre fuerte, se colgó de su cuello y lloró como un niño perdido que se reencuentra con su madre.
Matilde tuvo una sensación muy rara, había soñado con tormentas y en Loreto el temporal de viento y lluvia de hacía unos días no parecía que fuera a parar.
El Río dulce bramaba a lo lejos más fuerte que de costumbre, para Matilde era el sonido de sus antepasadas cuestionando sus acciones.
Esa noche Ofelia despertó a toda la casa con sus gritos. Charo estaba con ella poniendo paños fríos en su frente tratando de bajarle la fiebre.
―Dice que se ahoga, que el río la llama, que la lluvia la va a curar―Explicaba Charo entre sollozos y asustada.
Isidre se sentó a su lado y le tomó la mano tratando de consolarla. Les pidió a todos que se fueran y los dejaran solos, que él la calmaría.
La mañana siguiente fue fresca para ser diciembre y las nubes parecían un poco más delgadas. Isidre, Maju y Tía Matilde desayunaba en el salón con las ventanas y las puertas abiertas, el aroma del café y las medialunas calientes reconfortaron un poco esos tres corazones tristes.
―Ojalá se despeje y la tormenta pare, no sé cuanto más puede Ofelia soportar los truenos y el río ―Dijo Isidre, agotado por la noche que había pasado.
―Tranquilo, todo va a pasar ―Intentó Matilde consolarlo.
―No tía, esto no va a parar ―interrumpió Maju con mucha seguridad―Me lo dijeron las abuelas.
El corazón de Matilde se detuvo unos instantes y nadie dijo una palabra más durante el resto del desayuno.
Intentaron un almuerzo familiar y Matilde aprovechó la ocasión para darles a cada uno sus regalos, incluida Ofelia. No quería esperar hasta navidad, necesitaba un poco de felicidad. Así fue, estaban muy contentos con los presentes y la llenaron de besos y abrazos de agradecimiento, menos Ofelia que inmóvil y en silencio miraba fijamente a Matilde. Sólo ella lo notó, nadie esperaba una reacción así de la débil mujer.
Por la tarde Matilde se recluyó en el oratorio, tenía mucho en que pensar.
La tormenta más grande estaba por llegar, tenía que encontrar en el Grimorio el rito para alterar la realidad, debía parar ese sufrimiento. La negatividad que había desatado se estaba tragando a su familia.
En uno de los últimos capítulos encontró lo que buscaba: “Maneja tu energía y controlarás tu realidad”
Puso manos a la obra. Abrió la ventana del oratorio, entraba viento arrastrando gotas de lluvia. Dibujó un gran círculo con sal marina del Perú y puso cuatro cuencos, uno al norte, uno al sur, otro al este y el último al oeste.
Al norte con una pluma representando el aire; al sur una vela, el fuego; al este agua y al oeste tierra.
Se soltó el cabello rojizo iluminado por canas y se paró en el centro del círculo con los brazos extendidos.
―!Viento del norte, te invoco para que alejes la tormenta de esta casa¡ ―Exclamó en voz alta al mismo tiempo que una fuerte ráfaga de viento le revolvía el cabello. Después giró al sur.
―!Fuego del sur, seca el agua, seca la tierra, salva esta casa¡―Gritó como una orden, pero un rayo que cayó muy cerca tapó su grito. Giró al este.
―!Fuerzas del agua, fuerzas del este, les mando que se retiren y se alejen de esta casa¡―Fue en vano, la lluvia se intensificó como si se burlara de ella. Giró al oeste.
―!Energías del oeste y la Pachamama, le imploro perdón y piedad, ayúdenme a salvar esta casa¡
La Negra Juana irrumpió en el oratorio haciendo que la puerta se golpeara con fuerza contra la pared.
―!Doña Matilde, Doña Matilde, se viene el agua, Don Isidre no ha vuelto en toda la tarde, dejé a Charo cuidando a Maju pero Ofelia se escapó, no se cómo, pero bajó al patio¡
―Andá con las chicas, yo busco a Ofelia―Le ordenó y salió corriendo.
Lo que pasó nadie lo pudo explicar jamás.
Esa noche del veintiuno de diciembre el Río Dulce se desbordó con furia, llevándose con él todo a su paso, casas, gente, animales. Algunos del servicio juran que al llegar a la Masía el agua no entró, la rodeó, formando un círculo oscuro con la correntada alrededor de la finca para después seguir su carrera al pueblo.
Ofelia en camisón, toda mojada caminaba hacia el agua. Sonreía.
Matilde la alcanzó al borde de la corriente, el viento y los truenos apenas dejaban que Ofelia escuchara lo que su cuñada le decía. Trató de convencerla de volver, intentó arrastrarla hacia la casa, pero Ofelia no lo permitió.
En la casa en el balcón Maju, Juana y Charo les gritaban desesperadas que volvieran, y afuera del circulo de agua enfurecida estaba Isidre. Volvió como pudo contra el viento y la lluvia después de una tarde de alcohol en la pulpería. Desde la distancia pudo ver como Ofelia se lanzaba al agua mientras Matilde trataba de agarrarla.
Pero fue inútil. El río se las llevó lejos, para lavar odios y rencores.
Maju se quedó mirando en silencio, con una calma fría mientras la Negra y Charo la abrazaban. Mientras Isidre gritaba a lo lejos, un rayo cayó en el aljibe. El destello pintó un mechón de Maju de rojo y unas manchas verdes aparecieron en sus ojos color miel.
Algo de Matilde no se fue de la Masía Serra.

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