IMPOSTERGABLE
Era jueves. No…
creo que era lunes o martes.
No sé por qué
pensaba que ese viernes 7 de marzo era feriado. Y eso me parecía fantástico,
porque tenía una reunión obligatoria, impostergable, inamovible, súper
importante el viernes por la mañana, a las nueve más o menos, con mis hermanas
y un abogado nuevo para tratar temas que veníamos manejando desde hacía tiempo,
que no vienen al caso.
A mí los abogados
me ponen muy nerviosa. Muy nerviosa.
Así que estaba
tranquila, porque al principio de la semana yo pensaba que el 7 de marzo era
feriado.
Pero no.
El miércoles me
dijeron que no, que no era feriado. Se me hizo el nudo en la boca del estómago.
Para mí la boca del estómago es un medidor o detector de alegría, estrés, miedo
y hambre, así que, si lo siento ahí le presto atención.
—No, no es
feriado. Tenés que ir. No podés faltar. Tenés que estar ahí, así que ponete las
pilas y andá.
El jueves a la
tarde, como ya no me quedaba otra, dije:
—Bueno, me voy a
ir en un Cabify o en un Uber, o en taxi. Así no manejo, voy tranquila.
En esa época tenía
una Corolla Cross.
Esa noche me tomé
un relajante para dormir, porque sé que cuando tengo este tipo de reuniones no
duermo. Pero igual no dormí nada.
Nada.
A las cinco y
media de la mañana me levanté, me bañé, hice un montón de cosas y pensé:
—Bien, me voy
tempranito, estaciono en el centro y desayuno mientras espero que se haga la
hora de la reunión. De esta manera ya le cambiaba el color a la mañana con un
cafecito en un lindo lugar.
Y me fui en la
Corolla.
Para llegar al
lugar tenía que ir primero por el Corredor del Oeste, que es una autopista
urbana, después tomar una avenida y finalmente bajar por una calle que se llama
Avellaneda.
Los primeros
kilómetros en el Corredor del Oeste fueron raros.
Me sentía cansada,
pero no dormida, además no me respondían bien los frenos de la camioneta. Y yo
decía:
—Puta madre… esto
no frena bien. Fue raro porque pasó varias veces y la camioneta apenas tenía un
año.
Seguí manejando. Las
sensaciones iban cambiando y comencé a preocuparme.
Cuando llegué a la
avenida Boulogne Sur Mer, tenía el mismo problema.
Entonces pensé:
—Ok, si me siento
mal o la camioneta sigue fallando paro por acá, o si llego al centro estaciono
y después me vuelvo con mi hermana María Eugenia, porque yo no voy a poder
manejar de vuelta. Me sentía rara.
Tomé Avellaneda
para ir al centro.
Y en un momento
sentí los brazos como de plomo, como si se me cayeran.
Y de repente no
supe más nada, el mundo entero se apagó.
Se oscureció todo,
se hizo silencio.
Un ruido muy
fuerte me sacó del silencio ciego, había chocado.
Me había dormido,
o desmayado. Tiene un nombre médico que ahora no me acuerdo… un blackout, o algo
así.
El asunto es que
se me apagó el planeta y choqué con otra camioneta que estaba estacionada.
Recuerdo que me
bajé medio atontada, me asusté mucho porque del capot de la camioneta salía
humo blanco, crucé la calle y me senté en la vereda de enfrente, en el suelo
abrazada a la mochila.
Había provocado un
caos vehicular, porque con el choque había quedado ocupada un poco más de media
mano de la calle.
Un colectivo no
podía pasar porque no tenía espacio, tuvo que estacionar y los pasajeros irse
caminando a buscar otro colectivo.
El colectivero se
bajó, se acercó y me preguntó si estaba bien. Se quedó un rato conmigo.
Mi camioneta
echaba humo o vapor… no sé bien qué era. Sería el agua del radiador o algo así
y perdía líquidos por abajo. Me dio la sensación de que se desangraba y se
moría.
Pero no explotó.
Se acercó una maestra de una escuela que
estaba justo ahí, donde yo me había sentado. Me trajeron una silla y un vaso de
agua. El colectivero y la maestra se quedaron conmigo. Temblaba mucho y estaba
confundida, pero estas dos personas me tranquilizaron. Algo más para agradecer,
que estos dos seres estuvieran justo ahí en ese momento.
Traté de entender dónde
estaba y qué pasaba, yo no iría a la reunión y toda esta gente que pasaba lentamente
llegaría un poco tarde a donde sea que fueran. Algunos me miraban con compasión
y otros movían la cabeza en desaprobación
Mientras tanto se
me iban hinchando las piernas, el airbag inferior —que tiene una tapa de
plástico— se había abierto y me había pegado de lleno en las tibias.
Me quedaron las
piernas hinchadas y moradas, con el dibujo del tramado del plástico plasmado en
la piel como un tatuaje.
Entonces mandé un
mensaje a mis hermanas, el típico mensaje:
—No se vayan a
asustar, estoy bien… pero me pasó esto.
Ahí nomás llegaron
María Eugenia y Rosana, y Jimena, desde Río Cuarto, las llamaba para que se
apuraran.
¿Y qué pasó? Nada.
Mis hermanas llegaron y se quedaron conmigo.
Estuvimos desde
esa hora, desde las nueve de la mañana, hasta las doce en un café que está
justo a menos de una cuadra de donde fue el accidente.
Ahí estuvimos las
tres en el cafecito contemplando el caos del vehicular mientras esperábamos a
los de tránsito y a la grúa y después me llevaron al hospital.
¿Y la reunión? La
reunión impostergable, inamovible, ineludible… no se hizo.
Se tuvo que pasar
para la semana siguiente. Mis hermanas me llevaron a los controles clínicos,
cardiología, neurología, etc.
Así que al final
entendí algo muy claro: En primer lugar: nada es tan importante.
Nada es tan
impostergable como para poner la vida en riesgo por eso. La vida sí, la vida es
impostergable.
En segundo lugar: escucha
a tu panza, creo que el corazón y la cabeza trasmiten por ahí certezas y
advertencias, que hay que prestarles atención. Podría salvarte la vida.

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