¿CUANTO PESA UN MARTIN FIERRO ?
¿Se puede decir que una vida es gris? La de Milena, lo era. Estudiaba diseño de vestuario de teatro y cine, faltaba un año para terminar y que su vida comenzara a tener color.
Era la asistente de la alguna vez muy famosa estrella de cine Edda Goncié, nombre real: Ramona González. Diva legendaria, soberbia, vanidosa, casi nadie la recordaba, salvo, para algún evento de homenajes.
Ambas vivían en la mansión, pero Milena en una pequeña casita de caseros al fondo de la propiedad. Al menos no gastaba en alquiler y muy poco en comida, Edda a veces le daba las sobras. Pero no le importaba, faltaba poco.
La rutina era llegar a la casa antes de que la diva se levantara, Rosita preparaba el desayuno y ella lo subía a su habitación. A veces la contemplaba, era tan vieja y menuda que las almohadas hacían más bulto. Seguía el ritual de vestirla y peinarla.
Se hizo construir una réplica del camerino que ocupó durante su época dorada de teatro. Espejos, luces, repisas de premios, vitrinas de pelucas, alfombra de cuatro centímetros de alto y perchero para vestuario. Milena debía tener listas las opciones para vestirla según el clima, las actividades del día, y el ánimo con el que se levantara la estrella.
Este sábado no había actividades, ni compromisos, pero tendría el doble de trabajo porque a Rosita se le ocurrió ir a visitar a su familia. La odió por eso.
-Mili querida, ¿dónde estás muchacha lenta? -ya se le estaba despejando la mente de los somníferos con chardonnay de la noche anterior- ¡mueve ese cuerpo de luchador! -.
-Uno, dos, tres, ¡ahógate!, cinco, seis, momia maldita, nueve, diez -repetía Milena mentalmente, tratando de contener su enojo-.
El almuerzo fue tranquilo, si tenemos en cuenta que unas gotas de sedantes en el vino no le hacen mal a nadie, de vez en cuando. Pero en este de vez en cuando pasó lo contrario. Edda estaba eufórica y más deslenguada que nunca.
-Melena, Melena, ¡llévame al camerino! Hoy hay repaso -eso significaba limpiar cada premio y escuchar sus historias que con el tiempo eran más ficción que realidad-.
Se sentó en el sillón frente al espejo de luces, eran tan fuertes que disimulaban bastante sus arrugas y defectos. Le hacía lustrar uno a uno los premios, con guantes de algodón para no rayarlos, después Edda los revisaba detenidamente.
−Mi primer Martin Fierro, actriz de reparto, ojalá te den uno por rizar pestañas postizas ¡jajajaja! −lanzó una carcajada de bruja malévola−.
−El de mejor actriz protagónica de cine. Ese día llevaba custodia extra por las joyas que tenía, tú nunca tendrás ese problema con tanto acero quirúrgico que usas −.
Milena se mordía los labios, por suerte no se pueden oír los pensamientos−Ya deberías estar embalsamada por tanto alcohol que tomas y veneno que destilas, víbora enroscada−.
−Mi favorito, el que me dio más placer ganar, el Oscar al mejor actor protagónico −.
−Señora Edda, ¿cómo ganó un Oscar al mejor actor? −lo sabía, pero no perdía oportunidad de reírse de la falta de memoria de la anciana que cambiaba la historia cada vez−.
−Qué bien te sale decir estupideces, querida, es un talento natural, al menos tienes un talento −lloraba de risa− Te aseguro que ese hombre todavía recuerda la noche en que me regaló su premio −. Tiró el Oscar a los pies de Milena, mientras reía y daba vueltas en el sillón.
−Levántalo, es lo más cerca que estarás de un Oscar en tu vida −.
Milena tomó la estatuilla por la cabeza y mientras Edda giraba en su sillón le dio en la sien, con un movimiento de revés digno de Gabriela Sabatini. Esto hizo volar la dentadura postiza y la peluca. Ahora era Milena la que reía, le pegó tres o cuatro veces más, el sillón se detuvo. Reía y bailaba histéricamente de un lado al otro.
Aprovechó la sangre para dibujar en la pared y en los espejos, estaba enajenada.
Cuando la diversión y la euforia se disiparon se dio cuenta de que Edda no hablaba. No se movía. No se quejaba. No estaba viva.
La envolvió en varias batas de saten. La observó en silencio un rato mientras pensaba qué hacer.
Buscó una valija grande y metió a Edda, la peluca y la dentadura, con todos sus premios y un par de tapados. Ya estaba anocheciendo, nadie la echaría de menos hasta el lunes o martes que volviera Rosita.
Subió la valija al auto y tomó la ruta del lago. Estacionó muy cerca del muelle y lo recorrió hasta el final, rebotando la Vuitton en cada tabla, soltó un gemido por el esfuerzo, ¿o vino de la valija? Se encogió de hombros y la lanzó al agua.
Se quedó un buen rato mirando cómo la valija blanca se hundía lentamente. Despedía miles de burbujas. Cuando la oscuridad del fondo del lago ocultó la verdad, volvió a la orilla.
Ya más tranquila hizo una fogata y armó su carpita iglú, pasaría allí la noche.
A eso de las cinco de la mañana la despertaron fuertes luces, sirenas y gritos.
− ¡Manos arriba Milena, estas detenida por el asesinato de Ramona González! –
Las luces no la dejaban ver bien, pero distinguió al lado del policía a Rosita, la muy inoportuna había vuelto antes, pero ¿cómo lo supo?
−¿Qué? ¿Que yo qué? ¡Están locos! –se defendió a los gritos−.
−La próxima vez no escribas con sangre en el espejo “que te busquen en el fondo del lago, vieja hija de puta” −dijo el oficial mientras la metía en la patrulla−.
Cuando el patrullero arrancó, Milena no preguntó a dónde la llevaban.
No hacía falta.
Apoyó la frente contra el vidrio. Sentía el calor del sol del otro lado. – Tendremos una hermosa mañana −pensó−.
Pasaron frente a Rosita. Estaba hablando con dos policías. En las manos, los anillos de Ramona. La esmeralda, el de la serpiente, el otro, con esa piedra falsa que Ramona decía que era lunar. Todos.
Milena no dijo nada.
Miró sus propias manos, quietas. Todavía estaban manchadas. La sangre se estaba secando. Ya no era roja del todo. Era otra cosa. Más oscura, como asentada.
Y ahí lo pensó.
−Bueno, ahora me puedo dedicar a la pintura. Pintar con rojo se me da−
Cerró los ojos.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sintió presión alguna, sintió paz.
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