EL CRISTO MILAGROSO


 


Noche del 23 de diciembre, época complicada si me permiten, juntadas, conflictos familiares, gente que se acuerda de vos una vez al año. Además de esto a Claudio se le juntó que su esposa desde hacía solo tres meses lo dejó por aburrido y se fue con su mejor amigo. Estaba completamente solo, se había ido a ese pueblo remoto por ella.

Salió a caminar por las silenciosas calles, en ese pueblo a las 10 de la noche la gente duerme y los perros dejan de ladrar. Caminaba con los ojos llenos de lágrimas esperando que pasara algún camión cosechero para tirarse abajo, no aguantaba más su vida.

Le pareció ver una débil luz donde se terminaba la calle, fue hacia allá, no porque quisiera sino porque estaba en su camino y no tenía voluntad para cambiar de dirección, hubiera seguido aunque fuese una fosa con cocodrilos.

Era la parroquia del pueblo con el famoso Cristo milagroso. Entró, la luz de las velas encendidas a los pies del Cristo hacía parecer que se movía, el olor a cebo y madera húmeda y vieja era penetrante.

La sombra que salió de la oscuridad lo asustó tanto que se tropezó con una banca y cayó sentado en ella. Se sintió tonto, era el padre Juan.

Se acercó caminando lentamente, en el silencio se escuchaba el roce de la sotana con los pantalones, se sentó a su lado, lo miró unos instantes.

  ― ¿A qué has venido? ―

― No vine, me trajo el camino. ―

― Tal vez te trajo el destino. ¿Sabes que esta es la parroquia del Cristo milagroso, sabes que este Cristo sangra naturalmente siempre en nochebuena? Renueva la fe y la esperanza, viene toda la gente de este pueblo y los alrededores. ―

― No me importa, no voy a estar en el pueblo y con suerte no estaré en esta tierra. ―

― Qué dramático amigo mío ―dijo el cura riendo amablemente, e hizo un largo silencio.

                   Suspiró, haciendo eco en la penumbra de la nave. Se inclinó hacia Claudio, su voz bajó casi a un susurro, cargada de una extraña compasión.

Hijo, tu dolor es grande, lo siento. Pero la desesperación es un camino sin luz. Puedo escucharte. Charlemos un rato, desahógate, mientras te preparo una infusión, algo para calmar los nervios, sígueme. ―

Claudio, agotado y vulnerable, asintió apenas. El padre Juan se levantó, se dirigió a la puerta que daba a una salita con una mesa, dos sillas y algunos elementos de cocina. Mientras le hablaba de pasajes bíblicos, de luz y esperanza, le preparó un té en hebras.

―Toma, bebe, el destino te guió hasta aquí para ser parte del milagro―Claudio asintió para quedar bien, en ese momento lo menos que le importaba era ser evangelizado, solo quería el té y descansar.

Era una buena mezcla. Tomó el jarro con las dos manos, el aroma de la miel y las hierbas lo confortó. Claudio bebió a sorbos, sintiendo cómo un calor suave se extendía por su cuerpo dándole paz, seguido de una pesadez inusual. Sus párpados se volvieron plomo. El mundo se desenfocó, las últimas imágenes de las velas danzando se mezclaron con la oscuridad. Cayó en un sueño profundo y placentero.

La conciencia fue regresando lentamente, como la claridad abriéndose paso a través de una densa niebla. Había dormido tan profundamente que casi no recordaba donde estaba o qué había hecho la noche anterior.

Un dolor sordo pulsaba en sus sienes, pero lo que realmente lo aterró fue la inmovilidad. No podía mover un solo músculo. Sus extremidades estaban tensas, sujetas, su cuerpo estirado y rígido. Intentó abrir los ojos, pero la luz que se filtraba era cegadora, intensa. Escuchaba un murmullo, un lamento constante, mezclado con sollozos y susurros de asombro.

Finalmente, sus ojos lograron enfocar. Miró hacia abajo y el horror lo golpeó como una ola helada. No estaba en una banca, no estaba en el suelo. Estaba desnudo, cubierto solo por un paño de lino, y sus brazos estaban extendidos, sujetos a un madero. Una corona de espinas, tosca y punzante se incrustaba en su cuero cabelludo, y su propio cabello, largo y desordenado, caía en mechones espesos sobre su rostro, cubriendo gran parte de sus ojos y mejillas. Sintió el rastro cálido y pegajoso de sangre que fluía de su frente ardiendo en sus ojos.

La desesperación le arañó la garganta, un grito mudo que no pudo escapar de sus labios pegados. Quería huir, pero Lo único que podía hacer era mirar fijo hacia adelante, y lo que vio lo hundió más en el terror. La parroquia estaba atestada. Cientos de ojos lo miraban, estaban de rodillas, con lágrimas en los ojos, algunos con las manos juntas en señal de oración. Lloraban, sollozaban, se persignaban, mirándolo con una devoción abrumadora.

Escuchó las voces en la multitud, las exclamaciones ahogadas.

—¡Es un milagro! ¡El Cristo está sangrando! ―

—¡Alabado sea el Señor! ―

Claudio era ahora la encarnación de la fe ajena, un sacrificio vivo para un milagro, el espectáculo anual más sagrado del pueblo.



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