AMELIA, la maestra de piano

 


―Cuarenta años mi querido compañero. Tantos años juntos hablando diferentes idiomas, pero entendiéndonos perfectamente, creo que nadie me conoce mejor que tú. Lo bueno de cumplir años en septiembre es que sientes que todos lo celebran, las flores, los jardines, hasta el sol se levanta más temprano. ―

            Así le daba los buenos días Amelia a su viejo piano. Todavía las mañanas eran frescas, pero ya podía disfrutar del amanecer y la paleta de colores y aromas de la primavera. Simple y feliz.

            Vivía en esa casa de toda la vida. Familia de seis, tres hermanos varones. Se fue quedando en casa a medida que todos partían, de la vida o a la vida.

            Pero no lo lamentaba, era feliz en su pequeño reino. Tenía varios alumnos, muchos de ellos llegaron a ser concertistas y había tenido la oportunidad de ver a otros en bandas de jazz.

            Todos la conocían como la maestra de piano o la maestra Amelia. También hablaban: ―Se le pasó el tren por cuidar a la madre ―decían―y se escondió tras el piano.

Ese rumor hoy le pesaba un poco. Cuarenta años, ella y el piano, fieles uno al otro.

            Pero no era un cumpleaños común, no sólo por lo de los cuarenta, sino porque había recibido una invitación a almorzar de su alumno más avanzado, Andrés. Ya le había contado sus planes de irse, lo habían convocado de la orquesta filarmónica de la capital. No entendió porqué se le estremeció el estómago cuando se lo comunicó, igual que ahora al recordar la noticia.

             Andrés era su alumno hacía muchos años, era un excelente pianista. El joven se mostraba muy agradecido, le llevaba flores, chocolates. A veces se quedaban conversando horas de proyectos, música, lugares remotos que conocer.

Era ingenua, pero no tanto, mientras se arreglaba se decía a sí misma:

―Tendría que haber parado esto hace tiempo cuando comenzaron las lecciones, debí haberlo parado hace meses― se le hizo un nudo en la garganta, la inconciencia de su inacción podría tener consecuencias.

Recordó las primeras clases, cuando él llegaba con un pequeño ramo de violetas, o una caja de chocolates envuelta con un lazo.

Pequeños gestos que, al principio, había atribuido a la cortesía de un alumno entusiasta. Pero luego vinieron las miradas prolongadas, las preguntas personales que se extendían horas más allá de la lección, la forma en que su mano se demoraba un instante más de lo necesario al pasarle una partitura.

―Vi las señales, y me negué a reconocerlo ―Su vida se reducía al piano y sus alumnos. Mucha soledad, poco afecto y había permitido que la situación se deslizara y sentir algo.

            Al acercarse la hora de la cita, muchas cosas pasaron por su cabeza, sobre todo que debería haber dicho que no a la encantadora invitación a almorzar en el Père Lathuille.  Pero era su cumpleaños y su lugar favorito, insistía en sus pensamientos, y Andrés lo había recordado. Otra vez se le estremeció el estómago.

            Todo el camino hacia la cita trató de convencerse de que sólo era su imaginación, sólo un alumno entusiasta, sólo una invitación por su cumpleaños, sólo una despedida.

Cuando entró lo vio, en una de las mesitas redondas bajo la pérgola, dos copas y una botella de champaña. No tocaría una copa, eso podría nublar su juicio.

La primavera se sentía por todas partes, los colores, las flores, los aromas, los jazmines trepaban todo el lugar. La luz del sol se filtraba entre las hojas acentuando el brillo de los ojos y la juventud del enamorado alumno, qué difícil decir que no.

Retiró la silla amablemente, le ofreció una copa para brindar. Amelia simuló beber.

Apenas pudo comer, Andrés habló de su viaje indefinido a la capital para formar parte de la orquesta, de lo emocionante que sería vivir allí, y todo lo que había por conocer.

Sacó de su bolsillo una cajita, con un lazo. Le besó la mano y le dijo feliz cumpleaños. La cara de la profesora ardía, y no estaban al sol.

Ansiosa y temerosa abrió su regalo. ¡un pasaje a la capital, en tren, primera clase! Ahora no solo le ardía la cara, apenas podía articular palabra. Como pudo le agradeció agregando que con gusto lo visitaría en la primera oportunidad.

Andrés se quedó en silencio y la observó por un momento. Con fuerza giró su silla para quedar de frente a él y le ofreció un sueño, una vida de música y pasión. El paraíso.

Por un momento sintió que era posible, se sintió admirada y amada, el corazón se le salía del pecho. Su entusiasmo era convincente, tanto que decidió acompañarlo con el champan y brindar. 

Pero la razón pudo más que el corazón, su vida era predecible, casi aburrida y si sueños, pero más segura que el riesgo de perderlo todo. ¿Cuánto puede durarle la pasión y el enamoramiento a un joven que poco sabe de la vida y que el mundo le está abriendo sus puertas?

Amelia se puso de pie. Levantó su copa, y brindó por los dos, por los sueños, por el amor a destiempo y los corazones rotos. Bebió la copa de una sola vez, lo besó en la frente y se fue.



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