CASA EN VENTA
NÉLIDA.
Sesenta largos.
Parece de mucho menos, salvo
cuando se maquilla.
Sabes
que Nélida está cerca por el tintineo de nueve pulseras de oro que lleva en su
muñeca. No son ocho, ni diez. Nueve.
Llegó
hasta la puerta de la casa que, con suerte, vendería hoy. Esta es la única propiedad que tiene en venta.
Revolvió
en el fondo de su bolso de cuero marrón, que hacía juego con sus botas. Sacó un
manojo que tenía nueve llavecitas de candado. La etiqueta del llavero decía
“depósito”.
―Estas no son. ―murmuró entre dientes― ¡estas si! ―
Una
vez adentro,
se dejó caer en uno de los dos sillones que habían quedado allí.
Parecía que los dueños anteriores se habían ido apurados.
Sobre
la pequeña mesa había una pulsera de oro. La tomó y se la puso. Mientras miraba
y hacía sonar las diez pulseras, se lamentó:
―Me estoy cansando de esto. ―
―Buenos días para ti también. ―respondió…alguien. ― Puedes
renunciar cuando quieras. ―
—¡Estoy harta de ti! Me pones en esta situación cada
vez más seguido. ¿Hasta cuándo? ―
—Sabes bien hasta
cuándo. Es tu decisión. No sé de qué te quejas, tú vives de la casa, y yo
también. Pero no te necesito. Si no eres tú, será alguien más. ―
―Por favor,
necesito un respiro. ―
―Este trabajo
te da excelentes prestaciones, juventud, dinero y una pulsera de oro por cada
venta. ―
Nélida hizo
sonar sus diez pulseras. Le pesaban como eslabones de cadenas de grilletes. Era
el precio de su vida, nunca más se las podría quitar, estaba presa.
Tres alegres
golpes en la puerta interrumpieron la conversación. Nélida, que ya se estaba
incomodando con la charla, se apuró a abrir la puerta.
Era la joven
pareja con la que había hablado días atrás. Venían de lejos. Nélida siempre
publicaba en ciudades lejanas y a muy buen precio. Lo suficientemente bajo como
para evitar preguntas.
LA CASA
Si bien era
una casa vieja, estaba bastante bien conservada y ubicada en una zona rural.
Rodeada de añosos árboles y un ruidoso arroyo cerca.
En un costado
estaba la huerta, porque tenía bastantes horas de sol y las verduras y los
frutales se daban muy bien.
Desde
la galería trasera se veía la ciudad a lo lejos. La puerta principal era de dos hojas, y dos
ventanas laterales.
Viéndola de frente parecía tener ojos y boca.
En el interior casi no había muebles, solo algunas cosas que cada dueño había
dejado en su partida. Varias no tenían mucho sentido, como espejos o armarios
amurados a las paredes. Imposibles de quitar.
Hasta un
cenicero de cristal estaba pegado sobre la chimenea.
Nélida se
sentía incómoda cuando se encontraba sola allí. Quería correr, pero alguien… no
la dejaba. Era su parte del trato.
LOS NUEVOS DUEÑOS
Estaban tan
ilusionados de vivir en el campo que habían recorrido más de mil kilómetros en
un camión de mudanza de alquiler. Se quedaron encantados con la casa y casi sin
preguntas cerraron el trato.
Desde que se
conocieron soñaron con una casa así, donde criar al menos cuatro hijos, lejos
de la ciudad. Y esta tenía todo lo que buscaban.
Nélida les
entregó las llaves, los papeles y se fue lo más rápido que pudo. No quiso
quedarse a brindar con los jóvenes que la invitaron amablemente.
De todas maneras,
lo hicieron. Habían traído una botella de champaña, que compraron el día que
vieron el aviso. Se prometieron brindar si era la casa indicada.
Estaban
felices.
Comenzaron a
descargar el camión y a acomodar las cosas. En pocos días ya habían armado la
habitación, el comedor, la sala de estar. En un rincón de la cocina pusieron
una silla alta de bebé, como promesa del futuro. Decidieron conservar los
viejos sillones.
Estaban bien,
pero una mudanza es estresante. Una mañana ella le preguntó por qué había
movido los sillones otra vez frente a la chimenea. Él rió, estaba seguro de que
era una broma de ella.
Más rara fue
la discusión por el cigarrillo encendido en el cenicero de cristal. Ninguno
fumaba.
Había pasado
un tiempo, y las “bromas” seguían pasando. Espejos fijos y ventanas que
parecían reflejar cosas. Todo tiene explicación, el viento que mueve las
lámparas, o las ramas de los árboles, o simplemente el cansancio.
LA PARED Y EL ROPERO.
Sólo quedaba
una habitación por terminar, la de huéspedes. Ella intentó correr un viejo
ropero para limpiar detrás, pero fue imposible. Lo llamó a él para que la
ayude.
Tampoco pudo.
Estaba clavado a la pared. Con paciencia y las herramientas necesarias lograron
moverlo.
Se llevaron
una gran sorpresa. No era una simple pared de ladrillo a la vista. El ropero
estaba ocultando una preciosa puerta blanca. La habían pintado con motivos
florales muy delicados.
Se miraron
extrañados, Nélida no les había hablado de esa puerta. Y, claro, la abrieron.
Jamás habrían podido imaginar lo que vieron.
Para empezar,
apenas abrieron la puerta, los envolvió un aroma a flores frescas, y un vapor
que se disipó cuando entraron. El pasillo parecía largo, la claridad no llegaba
al fondo, y era angosto.
A la derecha
estaba colgado el cuadro de una familia de tres, del tamaño de un afiche de
cine. Dos pasos más allá otro cuadro con dos personas. Y así hasta llegar al
cuadro nueve, todos se veían felices.
Llegaron al
último cuadro, pero les pareció más bien una pantalla. Vieron con estupor un
corto video con imágenes de ellos desde que llegaron a la casa hasta ese mismo
momento, de pie los dos, frente al cuadro.
En ese preciso
instante, la gente desde las paredes empezó a gritar suplicando ayuda y piedad.
No pudieron
hacer nada. Alguien… los empujó dentro de su propio cuadro, en el diez.
ALGUIEN
Diez cuadros.
Alguien…, la casa, ya tenía su décimo souvenir. Además de sillones, espejos, un
cenicero, ahora había una preciosa silla de bebé en la cocina.
La casa descansaría un tiempo. Mientras Nélida, obediente, almacenaba en el depósito diez las cosas que su empleadora no quería y se preparaba para recibir a sus nuevos huéspedes.

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